En Homenaje a Riccardo Francovich

Varios.
24/7/07

Desde www.arqueologiamedieval.com, y a modo de sencillo, pero sentido homenaje, recogemos aqui algunos de los textos que diferentes profesionales, investigadores y especialistas han elaborado en memoria del profesor Riccardo Francovich, recientemente fallecido en un trágico accidente.


Desde www.arqueologiamedieval.com, y a modo de sencillo, pero sentido homenaje, recogemos aqui algunos de los textos que diferentes profesionales, investigadores y especialistas en Arqueología e Historia Medieval, han elaborado en memoria del profesor Riccardo Francovich, recientemente fallecido en un trágico accidente.






RICCARDO FRANCOVICH, ARQUEÓLOGO E INTELECTUAL INSOBORNABLE (*)


Antonio Malpica Cuello


Hablar de Riccardo Francovich es relacionar su faceta humana con la gran dimensión científica que tuvo. Si esta se puede entender viendo no sólo sus publicaciones, sino también su actividad de organizador y promotor de reuniones, revistas, ediciones etc., aquélla lo impregna todo. Era un hombre excesivo en el mejor sentido de la palabra. Su formación era muy densa y tenía una concepción del mundo y de la vida propias de un habitante del Mediterráneo. No en vano pasó largo tiempo en la isla de Elba, en donde tenía raíces familiares, y navegaba por sus costas. Su ascendencia austriaca, como señalaba con frecuencia, le había dado un rigor en su proceder que compaginaba como podía con su carácter toscano y mediterráneo. No era precisamente un hombre pausado, sino un volcán de emociones que arrebataba a cuantos estaban a su lado.

Si hubiera que destacar algo por encima de todo de Riccardo Francovich sería su compromiso personal y social. Hijo de una familia culta, de un padre historiador y de una madre matemática, en su casa, en la que siempre sus amigos nos sentíamos como en la propia, se respiraba ese sentido de una vida ilustrada y liberal, una posición crítica e insobornable ante los atropellos y las injusticias. El valor civil de la cultura estaba pro encima de otros intereses.

Su compromiso con su tiempo le llevó a entender la Arqueología como una actividad científica y social. Atento a cuanto ocurría a su alrededor, su actividad era imparable. Convencía con la razón y con la pasión que ponía en todo. Era imposible no dejarse arrastrar por su palabra y sus gestos, pero menos aún por su dialéctica implacable.

Estudioso de la “materialidad”, sin miedo ni vergüenza en un mundo académico lleno de posturas falsamente refinadas, sus trabajos lo prueban sin ningún género de dudas. La investigación arqueológica desarrollada por Riccardo Francovich y la de la escuela que ha creado, de las más importantes de Europa, es esencialmente histórica, porque plantea y debate problemas sobre la organización de la sociedad medieval.

No queda, sin embargo, aquí su aportación. El concepto que tenía de la arqueología va más allá de una investigación de forma aislada de los procesos históricos partiendo de la recuperación y examen de los vestigios del pasado, que siempre entendió que eran fruto del trabajo de los hombres, considerados como seres sociales, claro está.

La arqueología obliga a un debate en profundidad sobre los métodos y las técnicas de trabajo. El registro arqueológico no es como el de hace unas décadas, cuando había una selección intencionada de los objetos recuperados. La aparición del método Harris, que conduce con rigor las intervenciones arqueológicas, ha hecho que dispongamos de miles de datos. Su gestión y manejo no es nada fácil. Por otra parte, el análisis del territorio, imprescindible para cualquier arqueólogo, aunque haga una pequeñísima excavación en un solar de una gran ciudad o en medio del campo, obliga a trabajar con muchísimas variables que han de ser cruzadas y relacionadas. De forma inmediata aparece no ya sólo la necesidad de elaborar un registro arqueológico muy minucioso y completo, sino también operativo para la investigación. Y a ello dedicó mucho tiempo R. Francovich, consciente, como era, de que había que conseguir resultados. Por eso, abrió una línea de trabajo en la que concurren numerosos especialistas. La informática y su aplicación a la arqueología le llevaron a tareas muy diversas y complementarias, como la elaboración de un sistema de registro propio, la creación de una plataforma GIS, e incluso el perfeccionamiento de los análisis de la fotografía aérea. No en vano, y ésta es una de las múltiples virtudes de Riccardo, apoyó con entusiasmo la aparición de la revista "Archeologia e calcolatori", en donde se discuten estas y otras muchas cuestiones de interés sobre el tema.

Su concepto de la arqueología, sin embargo, no acababa aquí. Sería demasiado «antiguo», como gustaba de decir con ese carácter provocador y al mismo tiempo afectuoso que tenía. Le preocupó siempre el problema de la tutela y la conservación de los bienes culturales. En esto sigue la tradición civil italiana, plagada de discusiones de un grandísimo interés, que pone el acento en la necesidad de trascender el mero trabajo arqueológico y que quiere despojar a la administración de un poder omnímodo, característica demasiado conservadora, sobre el destino de los yacimientos arqueológicos. La preservación y gestión de los mismos, como de todos los bienes culturales, debe ser una tarea colectiva en la que, por supuesto, han de intervenir los ciudadanos, legítimos propietarios colectivos de los mismos, pero con la inexcusable participación de los arqueólogos, que en gran medida los han sacado y sacan a la luz. En su tarea el arqueólogo muestra las contradicciones de los yacimientos en una sociedad depredadora como la nuestra, a la que hay que poner freno y enseñar el valor no mercantil de la cultura, aunque genere riqueza.

Es por ello por lo que dedicó su esfuerzo, a veces titánico, a crear parques arqueológicos. En contacto directo con la realidad social en la que se movía, Francovich era un intelectual en acción.

Fundador de la gran revista "Archeologia Medievale", que, según me contó en varias ocasiones, comenzó con un préstamo que sus propios padres le financiaron, es en ella donde ha dado acogida a los grandes debates de nuestro tiempo. Y al mismo tiempo animó y organizó reuniones que hoy consideramos esenciales para el conocimiento histórico-arqueológico, siendo dignas de recordar aquéllas que se celebraban en la Certosa de Pontignano, cerca de Siena. Una de ellas estuvo dedicada precisamente al Coloquio Italo-Spagnolo, segunda edición del que se celebró en Granada, en la Alambra, en la que cristalizaron encuentros entre arqueólogos medievalistas de los dos países, que, pese a sus esfuerzos y los de algunos de nosotros, no continuaron. Seguramente era el reflejo de la crisis de nuestra propia Arqueología medieval, que está por evaluar. Nunca tuvo un reproche por ésta y otras cuestiones, porque su amor por la España actual era muy grande. El interés que mostraba por cuanto aquí se hacía le llevaba a seguir muy de cerca cualquier iniciativa y a acoger a cuantos jóvenes o menos jóvenes íbamos a Italia, teniendo que parar obligatoriamente en Siena y en su casa de Antella.

Sólo con la publicación de ese espléndido libro firmado con su gran amigo Richard Hodges, "Villa to village, the transformation of the Roman countryside in Italy c. 400-1000", Londres, 2003, podríamos justificar su trayectoria intelectual, pero sería injusto, porque era un estudioso capaz de generar pensamiento científico muy denso y, al mismo tiempo, alumbrar miles de iniciativas para que la Arqueología fuese algo más, una tarea civil por encima de todo. La próxima publicación por la Editorial de la Universidad de Granada de un libro recopilatorio que él mismo cuidó, pondrá de manifiesto al público español el alcance de su obra.

La pérdida de Riccardo es irreparable y no creo que pueda colmarse fácilmente. Cuando hablé con su más directo discípulo en Siena, Marco Valenti, me dijo sobrecogido: “Es una tragedia. Intentaremos seguir sus proyectos como él hubiera querido”.

Estoy seguro que así es, pero su persona, llena de afectos, que he conocido muy de cerca, y de pasiones por la vida y por el género humano, es sencillamente insustituible. Guardo en mi corazón las palabras de Nicoletta, su esposa, con las que tantas veces hemos hablado juntos en su casa del campo toscano, que recordaba, al hablar de su desaparición, la alegría de Riccardo por su pequeña nieta, de cuyo nacimiento supe cuando me llamó alborozado porque su querida hija le había hecho abuelo. Era así, un hombre tierno y entero al mismo tiempo, capaz de emocionarse con los más nobles sentimientos y de indignarse por las injusticias y atropellos. Nunca lo podremos olvidar como ser humano y como científico, menos aún como amigo entrañable. Estés donde estés, Riccardo, un saludo fraternal y la certeza de que tu vida no ha sido en vano.


Antonio Malpica Cuello

(*) Este artículo será publicado en el próximo número de la revista “Arqueología y Territorio Medieval” 14.1 (2007)


IN ONORE DI RICCARDO FRANCOVICH

Marco Valenti

Ho conosciuto Riccardo Francovich nel 1982, quando iniziai a frequentare il corso di Archeologia Medievale. Fui immediatamente conquistato dalla sua grande personalità e dalla passione che trasmetteva quando teneva lezione.

Riccardo aveva allora 35 anni ed era nel bel mezzo di quella straordinaria stagione costitutiva della nostra disciplina che trovava l’espressione più tangibile nella rivista Archeologia Medievale, fondata nel 1974.

Il mio percorso formativo e professionale, da quel momento, non si è più separato dalla sua imponente e poliedrica personalità e figura; con me, inoltre, si sono formati ed hanno condiviso lo stesso destino, altri ricercatori, Giovanna Bianchi e Carlo Citter in particolare, che oggi continuano ad operare tra Siena e Grosseto nelle linee di ricerca tracciata da Francovich.

Difficile descrivere quanto Riccardo ha fatto e costruito nei 25 anni che ho condiviso con lui. La sua parabola di studioso è infatti emblematica dell’evoluzione della moderna Archeologia medievale italiana, dagli anni ’70 ai nostri giorni, che in lui si è potuta riconoscere, o quanto meno confrontare.

E’ impossibile trattare adeguatamente le tante iniziative intraprese nella ricerca archeologica tout cour, nella valorizzazione dei siti archeologici, nel’innovazione tecnologica per l’archeologia e per la comunicazione dell’Archeologia. Come poter descrivere la sua spinta propulsiva nella costituzione della SAMI (Società degli Archeologi Medievisti Italiani) quasi un quindicennio fa o nell’apertura di un corso di laurea in archeologia e innovazione culturale nella città di Grosseto; come trattare l’enorme dispendio di energie speso nelle imprese di archeologia urbana a Siena (nell’Ospedale Santa Maria della Scala) ed a Firenze (agli Uffizi); come illustrare le tappe che hanno portato l’area di archeologia Medievale dell’Università di Siena a costruire dei laboratori informatici legati all’archiviazione ed al trattamento del dato archeologico che hanno pochi uguali al mondo.

Riccardo era quindi tante cose-idee legate insieme inscindibilmente; intuiva spesso le strade da seguire con un sorprendente anticipo su tutti; ma era soprattutto un archeologo che interveniva nel dibattito storiografico impiegando le fonti materiali. Il trentennale studio sui castelli, che fanno della Toscana la regione europea in assoluto più indagata da questo punto di vista, ben illustra il suo agire.

Lo scavo di oltre venti castelli, in parallelo ai progetti di archeologia territoriale che hanno riguardato soprattutto le province di Siena e Grosseto, lo ha portato infatti a proporre un quadro dell’evoluzione dell’insediamento dalla tarda antichità ai secoli centrali del medioevo che rappresenta un modello interpretativo sul quale l’archeologia e la storiografia devono confrontarsi: l’esistenza di un governo della terra e del lavoro contadino che si articolò stabilmente per tutto l’alto medioevo su insediamenti accentrati costituiti da capanne, sui quali si formò la basi di quel potere fondiario delle aristocrazie che ebbe poi il suo sviluppo finale nella trasformazione dei villaggi in castelli segno della trasformazione della signoria fondiaria in signoria territoriale.

Nel panorama delle indagini condotte all’interno di questo filone di ricerca spicca il caso della fortezza di Poggio Imperiale a Poggibonsi, dove lo scavo archeologico si è accompagnato alla costruzione di un parco inaugurato nel 2003. La collina di Poggio Imperiale costituisce un esempio straordinario nel processo di formazione della trama paesaggistica ed insediativi dell’area collinare della Toscana centrale e occupa una superficie di circa 12 ettari, contenuta all’interno di una monumentale cortina muraria medicea, oggi destinata prevalentemente ad uso agricolo. Ai suoi piedi si trova il centro urbano, di origine bassomedievale, che oggi costituisce uno dei poli di concentrazione più rilevanti della piccola e media industria valdelsana. Nel 1993 ha avuto inizio uno scavo di lunga durata, articolato attraverso una strategia d'intervento di scavo archeologico per grandi aree. Le indagini hanno sinora rivelato una storia del sito che va ben oltre il periodo documentato dalle fonti scritte, collocando la prima frequentazione della collina all’età tardoantica e altomedievale.

L’inaugurazione del parco di Poggio Imperiale si è collocata in una fase di profonde polemiche sulle politiche dei beni culturali nel dibattito nazionale e regionale, e rappresenta un’operazione che ha indicato quale sia la strada giusta per superare inutili e dannosi conflitti. Qui infatti strutture della tutela, governi locali, mondo della ricerca, fondazioni e imprenditoria hanno operato in forma sinergica e stanno costruendo un nuove prospettive nell’ambito della valorizzazione del patrimonio e nella definizione di nuove occasioni per l’occupazione.

L’apertura del parco di Poggibonsi era stata anticipata di alcuni anni da quella del parco archeologico di Rocca San Silvestro (Campiglia M.ma – Livorno), un cantiere aperto per 12 lunghi anni e nel quale Riccardo aveva sviluppato il grande tema dell’archeologia mineraria

Il parco archeologico di Rocca San Silvestro è oggi parte integrante del circuito dei “Parchi della Val di Cornia”, che partendo dalla costa tirrenica di Populonia si estende sino all’entroterra di Campiglia Marittima (LI). La ricerca archeologica condotta sul sito ha infatti catalizzato l’interesse di naturalisti, storici, amministratori ed organi di tutela e ha reso possibile la creazione di un percorso archeominerario, dove ripercorrere la storia del castello e del suo territorio. L’obbiettivo era quindi principalmente quello di focalizzarsi non tanto sul singolo monumento, ma sulla evolversi di un paesaggio caratterizzato sin dall’antichità dallo sfruttamento delle risorse minerarie. Il parco di San Silvestro si estende per circa 450 ettari e copre solo parzialmente il distretto minerario di Campiglia, ma al tempo stesso ne costituisce il nucleo storico più importante.

Concludere queste brevi annotazioni non è facile; come ho già osservato, quanto ho delineato è fin troppo riduttivo dell’opera di Francovich. Il discorso si tronca quindi qui, senza preavviso, come ciò che purtroppo è accaduto.

Marco Valenti


RICCARDO FRANCOVICH, "YA NADA SERÁ IGUAL"(*)

A Nicoletta y Lisa Francovich, con Elena y Vincenzo,
en recuerdo de Riccardo


El anochecer del viernes 30 de marzo nos golpeó con una noticia imposible, anunciada por los caracteres concisos y contundentes de un SMS enviado por Lauro Olmo: “Hoy ha muerto Riccardo Francovich, ya nada será igual”. Recuerdo que mi primer sentimiento al leerlo, aun antes de la tristeza, fue de profunda incredulidad ante una muerte inopinada en plena madurez intelectual. Sólo a medida que las voces quebradas de los amigos confirmaban su inconcebible desaparición desde el otro lado del teléfono, esa inicial perplejidad fue dejando paso a la certeza tangible y creciente de la magnitud de su pérdida. La prematura desaparición de Riccardo nos ha dejado sumidos en un desconcierto intelectual y afectivo que será difícil superar y que confirma, cada día que pasa, la premonición de aquel fatídico mensaje: en efecto, sin él ya nada será igual; no lo será la arqueología medieval que él mismo contribuyó a construir como disciplina plenamente histórica, ni tampoco el compromiso intelectual y social con el patrimonio que nos impuso con su praxis.

Estas últimas semanas marcadas ya irremediablemente por su ausencia, todos cuantos le conocieron y admiraron han destacado de palabra o pluma su carismática y volcánica personalidad y la inmensidad de su legado científico y humano; en especial la agudeza intelectual que le permitió intuir los problemas históricos más cruciales y las estrategias de investigación más innovadoras, junto a la capacidad organizativa que le posibilitó generar en la Universidad de Siena uno de los mejores centros de investigación sobre el Medioevo, a más de coordinar proyectos de gran envergadura y repercusión social. Los recuerdos, necrológicas y obituarios se sucederán en los meses próximos, desde la despedida civil que le dispensó en singular honor su Florencia natal en el Palazzo Vecchio, hasta el merecido homenaje que prepara la Universidad de Siena para el próximo otoño, pasando por las innumerables voces de colegas, amigos y discípulos italianos, ingleses, franceses y españoles que glosarán su enorme figura intelectual en revistas especializadas y foros científicos.

Por ello, quiero aprovechar este espacio que me brinda la revista Arqueología y Territorio medieval, para construir un homenaje particular y sentido a la humanidad de su magisterio. Quiero reconocer desde aquí mi deuda personal con el profesor que aceptó, sin conocerme, la responsabilidad de orientar mi investigación como becaria del plan de Formación del Personal Investigador durante mi primera estancia en Italia en la primavera de 1989, en el marco de las entonces recién y pomposamente estrenadas “ayudas para estancias en el extranjero”, y que con ese acto de generosidad científica me orientó en una carrera académica e investigadora que le debe mucho más de lo que podría imaginar. No he olvidado nuestra primera entrevista, con maleta incluida, en el Departamento de Archeologia e Storia delle Arti de la Universidad de Siena, abarrotado de libros y jóvenes investigadores con los que compartía tiempo y espacio, en la que con una calidez y una proximidad inusitadas en un ya famoso catedrático, se interesó con atención sincera por mis incipientes y balbuceantes investigaciones primerizas, al tiempo que reorganizaba la logística de mi alojamiento redistribuyéndome en una especie de “auxilio social”, por las casas de sus discípulos que con el tiempo devendrían en amigos.

Recuerdo sobre todo cómo trazó para mí un protocolo de investigación inesperado y generoso, proponiéndome establecer mi “cuartel general” en Roma, donde estaban las buenas bibliotecas (que entonces todavía eran de papel), y ofreciéndome su casa y su biblioteca de Antella para orientar mis lecturas y completar mi formación. Después de una divertida confusión de “falsos amigos lingüísticos”, que hace apenas unos meses recordábamos entre chanzas y que hizo patente la imperiosa necesidad de mejorar mi pedestre “itañolo”, Riccardo Francovich --a golpe de agenda y teléfono-- me organizó un extenso programa de entrevistas con un nutrido elenco de investigadores, que él creía fundamentales para el conocimiento de la arqueología altomedieval italiana y entre los que se encontraban, nada menos y entre otros, Sauro Gelichi, Gian Pietro Brogiolo, Lisa Fentres, Lidia Paroli, Ghislaine Noyé, Alessandra Molinari, Chris Wickham o Richard Hodges a quien agradezco la fotografía que ilustra este texto. Sólo más tarde fui consciente de la magnífica oportunidad que me brindó y que completó abriéndome las puertas de su casa y de su familia, que me “adoptó” con hospitalidad toscana, poniendo las bases de una amistad personal y familiar que perdura y nos es muy querida. El magisterio de Riccardo continuó proyectando su benéfica sombra a lo largo de los años posteriores con visitas mutuas, entre ellas para formar parte de mi tribunal de tesis doctoral, o en invitaciones a participar en congresos fundamentales en mi formación como el de La Storia dell'Alto Medioevo italiano (VI-X secolo) alla luce dell'Archeologia (Siena, diciembre 1992).

El pasado septiembre Riccardo visitó Alicante por última vez; vino a juzgar una tesis doctoral catorce años después de juzgar la mía propia. Una pirueta del destino quiso que esa tesis tratase de las fases medievales de una importante ciudad del Lazio, Tusculo, y estuviese escrita en lengua italiana por una joven compatriota suya, Valeria Beolchini. Riccardo alabó entonces nuestro magisterio, sin ser demasiado consciente de que el referente de mi relación docente con los estudiantes que han ido llegando hasta mí, no era otro que su propia actitud conmigo en el pasado.

Pero el magisterio de Riccardo Francovich no sólo me alcanzó a mí, sino también a muchos arqueólogos y medievalistas españoles a través de los cuales influyó notablemente en la investigación arqueológica medieval de nuestro país. Esa relación intelectual privilegiada con España tuvo mucho que ver con su vehemente compromiso político de izquierdas, que por tradición familiar y democrática había convertido nuestra IIª República y su derrota en la Guerra Civil, en un mito de progreso truncado por el franquismo, en cuyo imaginario curiosamente Alicante, mi ciudad natal, tenía un puesto singular, como él se encargó de recordarme apenas presentados: fue en Alicante donde fusilaron a José Antonio Primo de Rivera en plena contienda y fue en su puerto, último bastión de la sitiada República, donde quedaron abandonadas a su suerte miles de personas –“lo mejor de España” en palabras del escritor Max Aub-- mientras la División italiana Littorio ocupaba la ciudad; en la actualidad Riccardo seguía con pasión nuestro debate sobre la memoria histórica. El día de su despedida civil en Florencia, Alicante acogió un acto cívico en recuerdo de los hombres y mujeres republicanos que, capturados en el puerto, fueron conducidos a un campo de prisioneros improvisado en unos bancales de almendros cercanos. Desde aquel “Campo de los almendros” que Max Aub describió, ahora convertido en un pelado solar urbano sitiado de urbanizaciones, el recuerdo de Héctor y el mío propio volaron hacia Florencia, en la certeza de que a él le hubiese gustado ser recordado en medio de aquel mar de banderas republicanas

El creía firmemente en nuestra condición de intelectuales, que nos obliga a opinar, tomar partido y actuar en la defensa del patrimonio cultural. El lo hizo hasta el mismo día en que la inesperada muerte le sorprendió al pie del Monte Ceceri, en Fiesole. Riccardo, como persona y como intelectual, es insustituible en nuestro cariño y en nuestro recuerdo, pero si conseguimos reflejarnos en el espejo de su compromiso, si somos capaces de ser verdaderos intelectuales, la obra de Riccardo Francovich continuará viva y presente, aunque ya nada sea igual en nuestros corazones.

Sonia Gutiérrez Lloret

(*) Este texto será publicado en el próximo número de la revista “Arqueología y Territorio Medieval” 14.1 (2007)


IN MEMORIAM DE RICCARDO FRANCOVICH (*)

Juan Antonio Quirós Castillo

Cuesta mucho asumir que Riccardo se ha ido y que, de forma tan inesperada, nuestra disciplina se haya quedado huérfana de uno de los referentes más importantes que ha tenido en los últimos cuarenta años. Cuesta mucho pensar que volviendo a su departamento, desde aquel despacho desde el que se divisa il Duomo de Siena y a que él le gustaba llamar el ufficio più bello del mondo, ya no estará aquél olor intenso de su pipa y aquélla intensa energía que sabía transmitir. Cuesta mucho darse cuenta de todo lo que hemos perdido y de todo lo que aún tenía que darnos.

Conocí a Riccardo Francovich en 1987, cuando tuve la suerte de participar a una prospección y a una excavación que él organizaba en Toscana. Aún recuerdo cuando, siendo estudiante a las primeras armas, preguntaba y se interesaba por las iniciativas que se realizaban en España sobre la Arqueología Medieval. Escuchándole a él y a sus colaboradores, leyendo sus publicaciones y asistiendo a los Summer School que reunían en la Certosa de Pontignano a los principales investigadores europeos en torno a temáticas absolutamente novedosas y rupturistas y participando a sus excavaciones me fue demasiado fácil decidir recorrer el camino de la Arqueología Medieval.

Riccardo Francovich pertenece al grupo de arqueólogos de la Edad Media que se formaron como historiadores documentales, pero que asumieron desde el principio de su carrera que el estudio del registro material requería una completa reformulación de la forma en que se hacía y se concebía la Historia. De forma polémica, y no siempre compartida o entendida por sus propios colegas, Riccardo siempre defendió la necesidad de construir el discurso histórico de forma crítica, evitando la ricerca spasmodica di coincidenze fra le diverse “evidenze”, che non di rado si trasforma in forzatura ora dell’una ora dell’altra fonte senza per altro raggiungere l’obiettivo arricchimento delle nostre conoscenze. Cuestionó abiertamente la prioridad otorgada al documento escrito por parte de la historiografía medieval, planteando como la lógica de la conservación de la materialidad de la historia fuese bien diferente de la lógica de la conservación de las fuentes escritas.

Pero sus reflexiones no se limitaron únicamente a los procedimientos o a los conceptos, sino que su aportación ha sido asimismo muy notable en lo que se refiere al papel social y a la posición como historiador y como arqueólogo. Desde un compromiso político, entendido en el sentido más amplio de la palabra, asumió el papel del historiador como sujeto activo en el mundo y el Patrimonio como instrumento de transformación de la realidad. Riccardo Francovich debe de ser recordado, sobre todo, como paradigma de historiador y de intelectual comprometido.

Por otro lado, Riccardo ha sido uno de los más importantes arqueólogos de la Edad Media de toda Europa meridional. Su actividad ha sido frenética e intensa, como muestran sus más de 200 publicaciones, las decenas de intervenciones arqueológicas realizadas en todos estos años o la creación de parques arqueológicos tan significativos como el de Rocca San Silvestro o el de Poggibonsi.

Sus intereses de investigación han ido evolucionando desde el análisis del incastellamento, que llena toda su actividad en los primeros decenios, a la relectura y análisis de la Alta Edad Media que le ha ocupado en los últimos años, atravesando tantas otras temáticas como la cerámica, la ciudad, la arqueometalurgia, la arquitectura, la difusión del patrimonio, la informática aplicada a la arqueología, etc. Es necesario, aunque sea brevemente, recordar el impulso que ha dado recientemente al análisis del campesinado altomedieval, trazando en obras tan memorables como Villa to Village un cuadro histórico de una riqueza y complejidad que ha llevado la arqueología del Sur de Europa a unas cotas ni siquiera imaginables hace un decenio.

Otro de sus grandes logros ha sido el de crear escuela desde su Departamento de Siena (ampliado en los últimos años también a Grosseto) formando generaciones de arqueólogos de primer nivel, a los que ahora les toca desarrollar la rica herencia que Riccardo ha dejado.
Pero quizás, el rasgo que mejor ha caracterizado la actividad científica de Riccardo Francovich ha sido la de facilitar y generar sinergias que han permitido que se desarrollase la Arqueología Medieval englobando personas, promoviendo y ejecutando actividades e iniciativas. Resulta evidente que si la Arqueología Medieval en Italia es actualmente lo que es, se debe en buena medida a esta paciente y continua actividad integradora desarrollada por Riccardo Francovich.

Primero fue la fundación de la revista Archeologia Medievale, Insediamenti, Territorio, Cultura Materiale, que no fue concebida como un contenedor de trabajos dedicados a una única temática, sino que ha estimulado a lo largo de sus más de treinta años de existencia debates, iniciativas, teoría, llegando a crear una verdadera identidad y proyecto común y compartido.

Posteriormente fue la Escuela de Especialización, la Summer School, que desde finales de los años 80 ha explorado aspectos metodológicos y conceptuales de la propia disciplina arqueológica a través de encuentros regulares en la Certosa de Pontignano a los que han acudido los arqueólogos más importantes de toda Europa.

Ya en los años 90 fue la Società di Archeologia Medievale Italiana la estructura que a nivel académico, científico y profesional se consolidó como un punto de encuentro entre todos los que se han adherido al concepto de Arqueología Medieval que se ha gestado en torno a Riccardo durante los decenios anteriores. Los cuatro congresos nacionales realizados, el último organizado por el propio Riccardo el pasado mes de octubre, son el mejor reflejo de estos objetivos.

Pero sus aspiraciones integradoras han superado muy ampliamente los marcos italianos, de tal manera que hemos sido legión los que hemos tenido la ocasión de acudir a Siena y hemos contado con su hospitalidad, los que hemos podido escucharle en intervenciones, conferencias y clases, los que hemos podido participar a sus excavaciones y los que hemos colaborado en sus proyectos.

Sus vínculos con España y con los arqueólogos españoles eran fuertes e intensos, y comentaba siempre de forma elogiosa como nuestra disciplina estuviese cambiando y progresando rápidamente.

Hace veinte años que supe lo que era ser un Arqueólogo de la Edad Media, cuando tuve la suerte de conocerte y la posibilidad de aprender de tí. Arrivederci e grazie, Riccardo.

Juan Antonio Quirós Castillo

(*) Este artículo será publicado en el próximo número de la revista “Arqueología y Territorio Medieval” 14.1 (2007)

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