La relación entre documentos escritos y Arqueología en el estudio de la Edad Media en Europa: reflexiones para un debate teórico y metodológico

Jorge A. EIROA RODRÍGUEZ. Arqueólogo, Universidad de Murcia.
4/5/06

Se analiza brevemente la evolución y el estado actual del debate teórico y metodológico surgido en el seno de los estudios de Historia Medieval en Europa en torno al empleo y el tratamiento de los dos principales tipos de fuentes disponibles, el documento escrito y el registro arqueológico, con especial atención a la aparición y difusión del concepto de cultura material.

El Medievalismo europeo tiene abierto, desde hace algunas décadas, un complejo debate teórico y metodológico sobre el uso y el tratamiento de los dos principales tipos de fuentes que tiene a su servicio, los documentos escritos y los restos materiales susceptibles de ser estudiados mediante el método arqueológico. Un complejo proceso que más adelante abordaremos, resultante de la inconsciente marginación académica y editorial de los estudios arqueológicos por parte de los historiadores de la Edad Media y del consiguiente proceso de autoafirmación e independización epistemológica de la Arqueología Medieval, generó un panorama que, si bien progresivamente se ha ido suavizando, nos presenta, a grandes rasgos, dos claros tipos de estudios: desde un campo se hace una Historia Medieval a partir del documento escrito, casi de forma exclusiva, y las pocas veces en las que se aborda el estudio de las sociedades medievales se hace a partir de los datos que éste aporta; en el otro lado los arqueólogos estudian de forma exclusiva los datos arqueológicos per se y en la mayoría de las ocasiones sólo se sirven de la información escrita como apoyo del elemento material, para explicar aspectos concretos. Si bien son cada vez más las excepciones a este panorama que, en consonancia con el presente trabajo, entienden la existencia de una única Historia Medieval susceptible de ser estudiada a través de las distintas fuentes existentes, en líneas generales podemos afirmar que los estudios de Historia Medieval basados en los documentos y los que emplean los restos arqueológicos coexisten en compartimentos estancos y rara vez entran en contacto y entablan un diálogo científico. Esta fragmentación se ha hecho extensiva a todos los ámbitos de la disciplina y, pese a que cada vez viene siendo más matizada, tiene su evidente reflejo en la débil presencia de la Arqueología Medieval en los planes de estudio actuales de las universidades europeas y en el hecho de que los tímidos avances en el conocimiento arqueológico de la Edad Media hayan sido realizados en gran parte por investigadores formados en antiguas especialidades de Prehistoria o Arqueología Clásica, con frágil formación académica en Historia Medieval, que tradicionalmente han estado más vinculados a los museos y centros de investigación locales que a la propia Universidad. Como resultado, formas de aproximación y fuentes distintas a problemas históricos comunes han terminado por generar conocimientos distintos.

Esta estéril división y sus consiguientes consecuencias negativas han generalizado y difundido una visión bastante limitada de la realidad: los documentos escritos y restos arqueológicos son dos tipos de fuentes desiguales y, por lo tanto, requieren métodos de estudio e interpretación diferentes. Sin dejar de ser cierta, esta afirmación, muy útil para tranquilizar las conciencias, permite bastantes matizaciones y no oculta la cada vez más evidente necesidad de cotejar ambos tipos de registro o, como ha apuntado Moreland, de «restaurar la dialéctica» entre las fuentes de la Historia Medieval [2].

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El debate que intenta esclarecer el tipo de relación que debe existir entre la información procedente de la documentación escrita y los datos arqueológicos es un recurrente clásico en todas las disciplinas históricas que cuentan con ambos tipos de fuentes y en los últimos veinte años ha vuelto a cobrar fuerza. Así, la discusión científica se ha reactivado con vivacidad en el seno de la investigación histórica del Levante mediterráneo, con especial incidencia en los estudios bíblicos [3] o los relativos al Antiguo Egipto [4] y ha tenido una especial repercusión en la Arqueología Clásica mediterránea, que ha aportado interesantes reflexiones teóricas. El debate ha surgido de la preocupante evidencia de que el diálogo entre los dos tipos de fuentes es limitado y, teniendo en cuenta que se dispone de la mayor base de datos arqueológicos y documentales y de la más dilatada tradición en los estudios sobre textos y sobre Arqueología, no es de extrañar que se haya hablado de un “ejemplo dramático” [5]. Son pocos los trabajos que plantean una conjunción adecuada de Arqueología y textos [6] y la integración de ambos registros se limita a una subordinación de los datos ofrecidos por la Arqueología a la información de las fuentes escritas o a una aplicación de la información de la documentación escrita a los hallazgos arqueológicos de forma forzada (identificación textual de yacimientos excavados, explicación a través de los textos de niveles de destrucción, etc.). Sobre el primero de los planteamientos, el carácter secundario del registro arqueológico frente al textual, una sola frase resume la postura que están adoptando muchos arqueólogos y que es, en gran parte, la causante de que no se produzca la lógica conjunción entre ambos tipos de conocimiento: «Text are riddled with problems» [7]. Respecto a lo segundo, a la integración forzada, no es necesario recordar que una conexión no crítica entre textos y Arqueología puede ofrecer como resultado lo que Snodgrass, muy implicado en este debate teórico [8], ha denominado “la falacia positivista”.

En líneas generales, podemos afirmar que, en lo que respecta a la investigación de otros períodos históricos con más tradición en el uso combinado de fuentes escritas y arqueológicas, cada vez son más los intentos de conjuntar ambos tipos de fuentes en una integración plena y así lo demuestran algunos interesantes volúmenes teóricos y metodológicos colectivos [9] y determinadas iniciativas promovidas desde los órganos de gestión arqueológica a escala internacional [10]. En este sentido, es de justicia señalar el importante papel que la Arqueología Histórica americana ha desempeñado en la reactivación del debate. Superados los planteamientos, tan aceptados durante años, de Clarke y Binford, para quienes las culturas con fuentes escritas tenían muy poco interés desde el punto de vista teórico y metodológico [11], la Arqueología Histórica en Norteamérica y, más recientemente, en América del Sur, ha cobrado nueva vida y los abundantes trabajos desarrollados han tenido su reflejo en algunos logros metodológicos y teóricos. Los clásicos trabajos de Stanley Southc [12] han sido revitalizados por una nueva hornada de estudios [13] que plantean sugerentes direcciones a seguir en el mapa teórico de la relación entre textos y Arqueología y que pueden servir para esclarecer muchas de las cuestiones que acaparan la atención en los foros de debate de la Historia Medieval europea. La Arqueología Histórica americana, quizás como resultado de su vinculación a la escuela antropológica estadounidense [14], ha superado la absurda división que evidencia la Historia Medieval en el contexto europeo y ha terminado por aceptar que «a dialogue between archaeology and history is thus a must» [15].

Desde el otro lado del Atlántico se ha abogado por la adopción de los paradigmas de la escuela francesa de los Annales, a partir de los cuales se podría estructurar la relación existente entre los datos arqueológicos y los datos textuales en diferentes escalas, heurísticamente utilizables para combinar las diferentes formas de evidencia en los estudios históricos [16]. En este contexto deben encuadrarse dos recientes trabajos colectivos que han tratado el tema de la aplicación de los paradigmas de la escuela de los Annales a la Arqueología y han profundizado en el tema del diálogo entre las fuentes [17]. Naturalmente, esta readopción de los Annales no está exenta de duras críticas y el escepticismo, hasta el momento, es la nota dominante: Chippindale ha interpretado esta corriente como una “moda pasajera”, en la línea de los estudios de simulación o el estructuralismo [18] y Bulliet ha recordado que, a pesar de esta adopción de algunos paradigmas de los Annales, la Arqueología sigue teniendo capacidad suficiente para generar sus propias estrategias de aproximación [19]; tampoco permanecen al margen críticas más generales a los planteamientos de la escuela francesa: una general sensación de la pérdida de fascinación (si no de validez) de la que podemos definir como “filosofía cronológica” Braudeliana [20], directamente relacionada con la evidente necesidad de análisis concretos limitados a segmentos cronológicos claramente definidos y de espectro reducido [21], se ha visto reflejada incluso en la propia revista creada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre [22].

En lo que respecta al estudio de la Edad Media en Europa el debate ha adquirido algunas características particulares y, en muchos casos, se ha acentuado. En la introducción a este trabajo he apuntado algunas de las razones, todas ellas relacionadas con un complejo proceso de autoafirmación del registro arqueológico recientemente reforzado por la formación académica compartimentada. La irrupción del método arqueológico y sus resultados en el estable panorama de los estudios medievales europeos, hasta entonces sólo basados en fuentes escritas y en la Historia del Arte, se tradujo en la asunción de un papel secundario: la Arqueología se puso al servicio de la Historia. Siguiendo la clásica expresión de Martin Wobst empleada para definir las relaciones entre Etnografía y Arqueología prehistórica [23], Champion ha definido esta etapa como la “tiranía del registro histórico” [24] (documental para los europeos) y no le falta razón para emplear estos términos en el debate [25]. La Arqueología Medieval «había perdido la fe en su propia capacidad de generar explicaciones históricas» [26] y, como no podía ser de otra manera, el indudable potencial de la evidencia arqueológica terminó por ofrecer la posibilidad de emanciparse a los arqueólogos, que de esa manera intentaron dejar de ser considerados meros auxiliares de la ciencia histórica documental [27]. Lo que Tilley denominó “the real epistemological break” [28] no se produjo con la adopción generalizada, en mayor o menor medida, de los presupuestos metodológicos de la llamada “Nueva Arqueología” en la década de los setenta, bastante implicada en el intento de aunar todos los tipos de fuentes, sino a partir de 1980, cuando un buen número de investigadores encontró en el concepto de cultura material, entendida como “technology of signification”, un medio de transmitir su propio mensaje histórico [29].

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Llegados a este punto es preciso hacer un inciso y exponer algunas reflexiones sobre el concepto de cultura material que pueden ayudar a entender el debate que ha generado su aplicación y las perspectivas de su difusión.

El concepto de cultura material [30] tiene su origen en los Institutos de Historia de la Cultura Material de Rusia y, muy especialmente, de Polonia [31]. Es allí donde se fue configurando [32] y donde surgieron las primeras definiciones, de marcado carácter político[33]. Pronto traspasó las fronteras de la Europa del Este, inmersa desde entonces en un profundo debate teórico [34], y se estableció en la Europa Occidental: el concepto arraigó en Francia, Austria [35] y, muy especialmente, en Italia, verdadera difusora del término gracias a los trabajos de algunos destacados investigadores, entre los que destaca Andrea Carandini: la escuela arqueológica medieval constituida en torno a uno de sus seguidores, Riccardo Francovich, adoptó y precisó en un contexto cultural distinto la definición polaca, que se materializó en el Istituto di storia della cultura materiale; en el primer número de su principal órgano de expresión, la revista Archeologia Medievale, se definía la historia de la cultura material como aquella que se dedicaba a estudiar «los aspectos materiales de las actividades resultantes de la producción, distribución y consumo de bienes y de las condiciones de estas actividades en su devenir y en sus conexiones con el proceso histórico»[36]. El hecho de que de la mano de esta escuela marxista italiana llegasen a la península Ibérica algunos de los principales avances metodológicos en Arqueología, como la matriz estratigráfica de Harris [37], relativamente ignorados por los autores anglosajones, ayudó a la difusión del concepto en España [38].

Paralelamente, el concepto de cultura material, que iba siendo definitivamente incorporado al bagaje terminológico occidental por la Escuela de los Annales [39], comenzó a ser objeto de discusión teórica. Como muy bien señaló Pesez, la captación que ese tipo de concepción de la cultura material hacía de la Historia social y económica podía constituir un error y hacerle perder su autonomía: una cultura material sometida ideológicamente y subordinada, como ha indicado Le Goff, a un fenómeno propiamente histórico como es el capitalismo, invita a pensar que la cultura material no puede ser un objeto de conocimiento propiamente histórico y si desde entonces el concepto no se ha impuesto del todo es por sus evidentes connotaciones ideológicas y su vinculación a las bases teóricas polacas [40], admitidas por los difusores del término al demandar explícitamente «una più generale esigenza di ricomposizione fra ricerca e politica» [41].

Por otra parte, el uso del término tampoco se ha podido desprender del debate existente en torno a sus límites, ya que uno de sus principales problemas radica en dónde poner la línea que separa lo que puede ser entendido como cultura material de lo que no lo es. No existe un acuerdo claro sobre el lugar en el que se debe trazar el límite de lo que llamamos cultura material con los aspectos intelectuales o espirituales de la cultura [42] pues si entendemos que el término refiere a los distintos modos en que se han satisfecho las necesidades elementales de comida, cobijo, vestido o defensa, dejamos fuera a las expresiones materiales de los elementos superfluos que, sin embargo, existen. Estas dificultades han propiciado la proliferación de definiciones imprecisas de carácter general, en las que la cultura material es «les hommes et les choses, les choses et les hommes» [43] o «el conjunto de objetos, ambientes y si se quiere mundos con los que interactuamos y que nos rodean o abarcan» [44] y que fomentan la confusión del término con el de vida cotidiana.

En definitiva, el concepto cultura material se encuentra tan cargado de implicaciones teóricas e imprecisiones epistemológicas que constituye un término equívoco y discutido [45] y su empleo generalizado puede terminar siendo inviable y quizás, como dice Pesez, útil solamente allí donde no existe otro consagrado para designar el mismo contenido.

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La ruptura o “independización” de la Arqueología Medieval, vinculada, como ya se ha indicado, al concepto de cultura material, conllevó decisivos cambios y no todos fueron positivos. Como han afirmado Austin y Thomas, «there is, however, a price to be paid for this» [46] y la compartimentación y fragmentación de los estudios fue la primera consecuencia directa de la tendencia al aislamiento y al rechazo de las fuentes escritas que se desarrolló desde entonces. La Arqueología Medieval vio como se complicaba su acceso a los planes de estudio [47] y las fuentes escritas comenzaron a desempeñar un papel marginal en los estudios desarrollados desde el campo de la Arqueología. Como recientemente ha recordado Francovich, las indicaciones de G. Duby de no distinguir nunca entre la investigación de campo y la investigación llevada a cabo “en el terreno de los documentos escritos” fueron desatendidas y las optimistas previsiones del historiador francés para la Arqueología europea se han visto pronto incumplidas [48].

En definitiva, hemos llegado a un punto en el que no se sabe si la formación separada y los estudios resultantes son causa o consecuencia de la mencionada ruptura epistemológica, pero sí existe una conciencia general de la necesidad de resolver el problema [49]. A los investigadores les queda la tarea de desarrollar trabajos de investigación en los que se empleen y cotejen las fuentes arqueológicas y las escritas y de que sea generalmente aceptada la idea de que un recipiente cerámico tiene tanta importancia como una referencia en un documento escrito a la hora de realizar un análisis histórico. La Arqueología debe volver al documento escrito, ya que, como ha señalado Austin, el reconocimiento de la validez del registro arqueológico para generar un conocimiento histórico propio «does not mean that we must turn our backs on the document and its contents»[50]; de la misma forma, los estudios basados en la información textual deben incorporar paulatinamente la información arqueológica.

El cotejo entre ambos tipos de información es, en definitiva, la solución al debate planteado. Parecen superados los tiempos en los que, en algunos círculos teóricos vinculados a la Arqueología Medieval, las reflexiones de Binford sobre a la capacidad de contraste que ofrecían las fuentes escritas se entendieron como una ofensa: cuando el fundador de la Nueva Arqueología, muy implicado en los debates sobre las limitaciones y características del registro arqueológico, afirmaba que, en aquellos lugares en los que se poseían determinados documentos escritos, la Arqueología podía servirse de ellos para localizar yacimientos y verificar los registros (las fuentes escritas podían constituir un “control experimental” de observaciones hechas arqueológicamente) [51], se le acusó de aceptar implícitamente el carácter secundario y problemático de las fuentes arqueológicas, que necesariamente debían ser corroboradas por el registro escrito [52]. Eran tiempos en los que también desde la historia tradicional realizada a partir de los documentos se criticaba la excesiva desenvoltura de los arqueólogos a la hora de ligar un estrato o una situación puntual de la excavación a un hecho histórico recogido en las fuentes, «falsando cosi un rapporto fra tempo storico del documento e tempo storico del dato di scavo» [53].

En la actualidad parecen vencidas esas resistencias y se hace urgente la necesidad de cotejo entre el registro arqueológico y el escrito. Aún aceptando que son dos tipos de fuentes diferentes en cuanto a sus características y, por consiguiente, también en lo relativo a su tratamiento y sus posibilidades, esto no debería impedir aplicar una metodología que contemple el uso combinado y simultáneo de ambas en aquellos ámbitos que así lo permitan. En el contexto europeo se reclama una “lectura arqueológica” de las fuentes de archivo [54] y una verificación del dato arqueológico mediante su enfrentamiento al texto [55], en consonancia con la difundida necesidad de restaurar el diálogo [56] entre las fuentes de la Historia Medieval y con las nuevas corrientes que abogan por transformar los “documentos” en “monumentos” y los “monumentos” en “documentos” [57]. Este parece el único camino posible.


NOTAS

[Artículo publicado en la revista brasileña “ÁGORA”, Santa Cruz do Sull, v. 10, n. 1/2, pp. 113-127, Jan/Dez. 2004

[2] MORELAND, J.F.: “Restoring the Dialectic: Settlement Patterns and Documents in Medieval Italy”, en A. Bernard Knapp (ed.), Archaeology, Annales and Ethnohistory, Cambridge, 1992, pp. 112-129.
[3] Vid. MILLER, J.: “Old Testament History and Archaeology”, Biblical Archaeologist, 49, 1987, pp. 51-62; así como los volúmenes VV.AA.: Recent Archaeological Discoveries and Biblical Research, Seattle, 1990, especialmente pp. 3-36; EDELMAN, D.V. (ed.): The Fabric of History: Text, Artifact and Israel’s Past, Sheffield, 1991; THOMPSON, T.: The Early History of the Israelite People, from Written and Archaeological Sources, Leiden, 1992; EDELMAN, D.V. (ed.): The Role of History and Archaeology in Biblical Studies, Londres, 1992.
[4] Vid. interesante síntesis de la discusión científica en KEMP, B.J.: “In the Shadow of Text’ Archaeology in Egipt”, Archaeological Review from Cambridge, 3, 1984, pp. 19-28.
[5] SMALL, D.B.: “Introduction”, en D.B. Small (ed.), Methods in the Mediterranean. Historical and Archaeological Views on Texts and Archaeology, Leiden-Nueva York-Colonia, 1995, p. 1.
[6] Un interesante ejemplo de los recientes intentos de conjugar los dos tipos de información en el seno de la Arqueología Clásica lo constituye el trabajo de Penelope M. Allison. Vid. ALLISON, P.M.: “Using the Material and Written Sources: Turn of the Millennium Approaches to Roman Domestic Space”, American Journal of Archaeology, 105, 2001, pp. 181-208.
[7] Vid. FINLEY, M.I.: Ancient History: Evidence and Models, Nueva York, 1988, pp. 7-26.
[8] Vid. SNODGRASS, A.: “Archaeology”, en M. Crawford (ed.), Sources for Ancient History, Cambridge, 1983, pp. 137-184; SNODGRASS, A.: An Archaeology of Greece, Berkley, 1987.
[9] SMALL, D.B. (ed.): Methods...
[10] Como ejemplo representativo se puede mencionar el encuentro anual del Archaeological Institute of America (nº 92) de 1990 en el que se destinó una sesión (III d) a este tema, con el título Perspectives on the Past: putting together Archaeology, History, and Philology. No obstante, es significativo que esta sesión solamente fuese objeto de cuatro intervenciones. Vid. American Journal of Archaeology, nº 96 (2), 1991, pp. 307-308. Incluye un resumen de cada una de las cuatro intervenciones (N. Wilkie, C. Dougherty-Glenn, G. Nagry y A.Boegehold, ninguna dedicada a la época medieval).
[11] CLARKE, D.L.: Analytical Archaeology, Londres, 1978, pp. 11-12; BINFORD, L.R.: In Pursuit of the Past: Decoding the Archaeological Record, Londres, 1983, pp. 20-21.
[12] Quizás el más representativo sea SOUTH, S.: Method and Theory in Historical Archaeology, Nueva York, 1977.
[13] LEONE, M.P.; CROSBY, C.A.: “Epilogue: Middle-Range Theory in Historical Archaeology”, en S. Spenser-Wood (ed.), Consumer Choice in Historical Archaeology, Nueva York, 1987, pp. 397-410; LEONE, M.P.; POTTER, P.B.: “Issues in Historical Archaeology”, en M.P. Leone, P.B. Potter (ed.), The Recovery of Meaning, Washington, 1988, pp. 1-22.
[14] En el marco de una tradicional vinculación entre los estudios arqueológicos y los estudios antropológicos o etnográficos, como una alternativa al camino europeo de proximidad a los estudios históricos. Para un desarrollo de estos particularismos, vid. TRIGGER, B.G.: “History and Contemporary American Archaeology: A Critical Analysis”, en C.C. Lamberg-Karlovsky (ed.), Archaeological Thought in America, Cambridge, 1989, pp. 19-34. Vid., asimismo, el clásico trabajo BINFORD, L. R.: “Archaeology as Anthropology”, American Antiquity, 28, 1962, pp. 217-225.
[15] FUNARI, P.P.A.: “Archaeology, History and Historical Archaeology in South America”, International Journal of Historical Archaeology, 1 (3), 1997, p. 190.
[16] Es preciso señalar que la propuesta está mas centrada en los estudios que tienen por objeto el Mediterráneo Antiguo.
[17] BINTLIFF, J. (ed.): The Annales School and Archeology, Leicester, 1991. KNAPP, A.B. (ed.): Archaeology, Annales, and Ethnohistory, Cambridge, 1992. Un ejemplo de aplicación práctica de estos planteamientos teóricos lo constituye la obra de CHERRY, J.F.; DAVIS, J.C.; MANTZOURANI, E.: Landscape Archaeology as Long-Term History. Northern Keos in the Cycladic Islands, Los Angeles, 1991 (engloba diferentes estudios sobre una zona precisa que abarcan un abanico cronológico que va de la Edad del Bronce a la Edad Moderna). La propia revista de los Annales ha dedicado recientemente una monografía a la relación entre fuentes escritas y Arqueología.
[18] CHIPPINDALE, C.: “Ambition, Deference, Discrepancy, Consumption: the Intellectual Background of a Post-processual Archaeology”, en N.Yoffee, A. Sherratt (eds.), Archaeological Theory: Who Sets the Agenda?, Cambridge, 1993, pp. 21-27.
[19] BULLIET, R.W.: “Annales and Archaeology”, en A.B. Knapp (ed.), Archaeology, Annales, and Ethnohistory, Cambridge, 1992, pp. 131-134.
[20] Vid. TRONCARELLI, F.: “Le «Annales» tra contraddizione e crescita”, Quaderni medievali, 29, 1990, pp. 104-115.
[21] Un proceso de replanteamiento teórico ha transformado la tradicional admiración por una concepción histórica habitualmente asociada al inconformismo y la apertura interdisciplinar en una interpretación de la “Historia Total” de Braudel como “Historia totalizante” asociada a métodos (la “Historia cuantitativa”) o conceptos (“mentalidad colectiva”) bastante cuestionados. A este fenómeno no es extraño el hecho de que la longue durée haya provocado no pocas generalizaciones en el tratamiento de algunos fenómenos económicos y sociales y que la idea de una Historia global parezca estar en profunda contradicción con las orientaciones “micro-analíticas”, tan difundidas gracias a los planteamientos teóricos de la Microstoria italiana o la New History anglosajona.
[22] Vid. Annales, 44 (6), 1989, Histoire et Sciences Sociales: un tournant critique.
[23] WOBST, H.M.: “The Archaeo-ethnology of Hunter-gatherers or the Tyranny of the Ethnographic Record in Archaeology”, American Antiquity, 43, 1978, pp. 303-309.
[24] CHAMPION, T.C.: “Medieval Archaeology and the Tyranny of the Historical Record”, en D. Austin, L. Alock (eds.), From the Baltic to the Black Sea. Studies in Medieval Archaeology, Cambridge, 1990, pp. 79-95. No obstante, Champion no da por terminada esta etapa, sino que la considera activa y asociada a un eurocentrismo renovado: «Not only are the materially based studies of archaeology regulary subordinated to those of the literary record but rhe entire conceptual framework of questions and evidence is limited by historical concerns ultimately rooted in a vision of European uniqueness and implied superiority” (p. 91).
[25] Algún autor español más benévolo prefiere hablar de «una disciplina que se sabía joven y complementaria de otras», vid. LADERO QUESADA, M.F.: “Historia y Arqueología de los tiempos medievales. Algunas consideraciones”, en Arqueología Hoy, Madrid, 1992 , p. 164.
[26] AUSTIN, D.; THOMAS, J.: “The ‘Proper study’ of Medieval Archaeology: a Case Study”, en D. Austin, L. Alock (eds.), From the Baltic to the Black Sea. Studies in Medieval Archaeology, Cambridge, 1990, p. 43.
[27] Recientemente, N.S. Higham lo ha explicado muy gráficamente al afirmar que «medieval archaeologist were slow to emerge from the shadow cast by historians and to develope their own onbjectives, methodology, and language», en HIGHAM, N.J.: “Archaeology as History”, en P.J. Crabtree (ed.), Medieval Archaeology. An Encyclopedia, Nueva York, 2001, p. 5.
[28] Vid. TILLEY, C.: “Interpreting Material Culture”, en I. Hodder (ed.), The Meanings of Things: Material Culture and Symbolic Expression, Londres, 1988, pp. 185-194.
[29] Vid. HODDER, I.: “Theoretical Archaeology: a Reactionary View”, en I. Hodder (ed.), Symbolic and Structural Archaeology, Cambridge, 1982, pp. 1-16; BARRETT, J.C.: “Fields of Discourse: Reconstititing a Social Archaeology”, Critique of Anthropology, 7 (3), 1988, pp. 5-16.
[30] La mejor síntesis sobre el surgimiento y evolución del concepto publicada hasta el momento es la de Jean-Marie Pesez. Vid. PESEZ, J.-M.: “Histoire de la culture matérielle”, en J. Le Goff, R. Chartier, J. Revel (eds.), La nouvelle histoirie, París, 1978, pp. 98-130.
[31] Vid. HENSEL, W.: “The Institute of the History of Material Cultura of the Polish Academy of Sciences”, Acta Academiae Scientiarum Polonae, 3-4, 1983, pp. 129-159.
[32] Es especialmente significativo el clásico trabajo KULCZYCKI, J.: “Zalozenia teoretyczne historii Kultury materialnej” [“Fundamentos teóricos de la historia de la cultura material”], Kwartalnik Historii Kultury Materialnej, 3 (3), 1955, pp. 519-561.
[33] Para Gasiorowski la historia de la cultura material era «l’ensemble des groupes d’activité humaine qui répondent à une finalité consciente et possèdent un caractère utilitaire, réalisé en des objets matériels». Vid. GASIOROWSKI, S.J.: “Le problème de la classification ergologique et la relation de l’art à la culture matérielle”, en Prisma wibrane, Varsovia, 1969, pp. 23-79. Por su parte, Jerzy Kulczyski afirmaba que se trataba del estudio de los medios de producción en su relación con la naturaleza, las fuerzas de producción y los productos materiales obtenidos KULCZYCKI, J.: “Zalozenia..., pp. 545-546. Esquema de sus planteamientos en PESEZ, J.-M.: “Culture matérielle et archéologie médievale”, en J.-M. Pesez, Archéologie du village et de la maison rurale au Moyen Âge, Lyon, 1998, p.48.
[34] TABACZYNSKI, S.: “A Future for the Marxist Paradigm in Central European Archaeology? The Polish case”, en M. Kuna, N. Venclova (eds.), Whither Archaeology?, Praga, 1995, pp. 69-81. TABACZYNSKI, S.: “Una svolta metodologica forzata e le sue conseguenze inattese: il caso dell’archeologia polaca”, en N. Terrenato (ed.), Archeologia Teorica, Florencia, 2000, pp. 189-211.
[35] Si en Francia las repercusiones son todavía evidentes, no lo han sido menos en Austria, donde aún siguen ejemplificadas en el Institut für Realienkunde des Mittelalters under Frühen Neuzeit.
[36] “Editoriale”, Archeologia Medievale, 1, 1974, p. 8. De la definición quedaban fuera algunos aspectos cruciales, como demuestra el hecho de que los propios fundadores de la revista se viesen forzados a ampliar el título de la revista con la adición de los conceptos de «territorio» y «asentamiento»: «Entrano invece pienamente nel campo degli interessi della rivista alcuni fenomeni che investono la base materiale delle società pre-industrali, quali la storia dei rapporti tecnico-economici con le risorse ambientali e quindi la storia del paesaggio e del territorio: se in una prospettiva geografica tradizionale risultano tutti temi mistificati ed alvulsi dalla loro dimensione antropologica e storica, diventano invece oggetto della storia della cultura materiale nel momento in cui appunto si riconosce tale dimensione. È pensando a questi temi che abbiamo voluto che figurasseno nel sottotitulo anche le parole Insediamento e Territorio, che sintetizzano una serie di temi finora trascurati», en “Editoriale”, Archeologia Medievale, 1, 1974, pp. 8-9.
[37] Decisiva en este sentido fue la obra de A. Carandini Storie dalla terra, publicada por vez primera en 1991 y traducida en 1997 al español.
[38] Para un resumen del proceso de adopción en España, vid. GUTIÉRREZ, S.: Arqueología. Introducción a la historia material de las sociedades del pasado, Alicante, 1997, pp. 104-105.
[39] Un esclarecedor análisis de esta incorporación se puede ver en TABACZYNSKI, S.: “Material Culture as an Archaeological Concept”, en P. Crabtree (ed.), Medieval Archaeology. An Encyclopedia, Nueva York, 2001, pp. 219-222.
[40] «Come base di partenza e di discussione proponiamo la più amplia definizione di “cultura materiale” ricavata dalla più matura esperienza scientifica in questo campo, che come noto è quella della scuola polacca», en “Editoriale”, Archeologia Medievale, 1, 1974, pp. 7-8.
[41] “Editoriale”, Archeologia Medievale, 2, 1975.
[42] Norman J.G. Pounds, en su Historia de la Cultura Material, tras definir la vida como «un compuesto de necesidades fisiológicas, aspiraciones intelectuales y temores» corrobora esta dificultad afirmando que «es imposible trazar una línea definida de separación entre la satisfacción de las necesidades corporales y el desarrollo de conceptos intelectuales e incluso espirituales». POUNDS, N.J.G.: La vida cotidiana: historia de la cultura material, Barcelona, 1999, p. 13. Este tipo de dificultades ya habían sido apuntadas por A. Weber en 1912 al establecer la dicotomía entre “material” y “espiritual”.
[43] Definición de Fernand Braudel citada por PESEZ, J.-M.: “Culture...”, p.47.
[44] GAMBLE, C.: Arqueología Básica, Barcelona, 2002, pp. 111-112.
[45] Significativas son las palabras de Ian Hodder cuando afirma «Material culture does not just exist. It is made by someone: It is produced to do something. Therefore it does not passively reflect society-rether, it creates society through the actions of individuals”, en HODDER, I.: Readig the Past, Cambridge, 1986, p. 34.
[46] AUSTIN, D.; THOMAS, J.: “The ‘proper...”, p. 43.
[47] Aún hoy se sigue empleando la ya clásica expresión de Miquel Barceló que sitúa a la Arqueología Medieval “en las afueras del medievalismo”, vid. BARCELÓ, M.: Arqueología medieval. En las afueras del “medievalismo”, Barcelona, 1988.
[48] FRANCOVICH, R.: “Premessa”, en BOLDRINI, E.; FRANCOVICH, R. (eds.): Acculturazione e mutamenti. Prospettive nell’archeologia medievale del Mediterraneo, Florencia, 1995, p. 7.
[49] Desde finales de los años ochenta la Universidad de Cambridge viene favoreciendo la conjunción de Arqueología e Historia textual a todos los niveles de la enseñanza, en un intento por asumir una aproximación analítica unidireccional a los problemas históricos. Vid. reflexiones sobre esta “política universitaria” en SMALL, D.B.: “Introduction”, en D.B. Small (ed.), Methods in the Mediterranean. Historical and Archaeological Views on Texts and Archaeology, Leiden-Nueva York-Colonia, 1995, pp. 5-6.
[50] AUSTIN, D.: “The ‘Proper...”, p. 14.
[51] «So long as we have historical documents wich presence observations (...) about the dynamics of places in the past, we have the option of excavating these places and, walking through history, as it were, alongside an historical character, trying to relate what we find in the fround to what he reports as having ocurred there», en BINFORD, L.: In Pursuit..., pp. 25-26.
[52] Vid. AUSTIN, D.; THOMAS, J.: “The ‘Proper...”, pp. 43-78.
[53] BROCCOLI, U.: Archeologia e Medioevo. Il punto sull’archeologia medievale italiana, Roma-Bari, 1986, p. 52.
[54] Vid. BOATO, A.: “Fonti indirette e archeologia dell’Architettura: una proposta di metodo”, Archeologia dell’Architettura, 3, 1998, pp. 61-74, en concreto el apartado titulado “una «lettura archeologica» delle fonti d’archivio” (p. 63). En el mismo sentido, son muy sugerentes las reflexiones recogidas en MANNONI, T.: “In quanti modi esiste un rapporto tra il monumento e le fonti scritte”, Notiziario di Archeologia Medievale, 71, enero 2001, p. 3.
[55] Vid. las apreciaciones prácticas y teóricas recogidas en FABRE-DUPONT MALERET, S.: “Le vaissellier domestique bordelais: confrontation de données archéologiques et de données d’archives”, Archéologie du Midi Médieval, 15-16, 1997-1998, pp. 245-263, especialmente p. 245.
[56] Es preciso volver a señalar el impacto historiográfico de los trabajos de John Moreland, recientemente sintetizados en una monografía. Vid. MORELAND, J.: Archaeology and Text, Londres, 2001.
[57] Sobre los intentos estructuralistas de aplicar los modelos lingüísticos de análisis textual a los datos arqueológicos y de emplear modelos descriptivos arqueológicos a los estudios basados en documentos escritos, vid. HODDER, I.: Symbols in Action: Ethnoarchaeological Studies of Material Culture, Cambridge, 1982; PATRIK, L.E.: “Is There an Archaeological Record?”, en M.B. Schiffer (ed.), Advances in Archaeological Method and Theory, 8, Nueva York, 1985, pp. 27-62; CARVER, M.O.H.: “Digging for Data: Archaeological Approaches to Data Definition, Acquisition and Analysis”, en R. Francovich, D. Manacorda (eds.), Lo scavo archeologico: dalla diagnosi all’edizione, Florencia, 1990, pp. 45-120.

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Comentarios

1

Faltan notas


en e artículo faltan las notas a partir del número 42
Comentario realizado por Margarita Fernández Mier. 24/7/06 4:10h
2

Solucionado lo de las notas


ya está solucionado lo de las notas a pie de página
Comentario realizado por Guillermo García-Contreras Ruiz. 9/8/06 1:53h

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