El patrimonio arqueológico andalusí en Granada

Antonio MALPICA CUELLO. Arqueólogo. Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Granada.
18/7/05

Introducción

Antes de entrar de lleno en el problema que queremos debatir, que no es otro que las estrategias de conservación y, por tanto, de conocimiento de nuestro patrimonio islámico, parece prudente, e incluso diríamos que obligado, establecer algunos puntos de reflexión. No es tanto una discusión sobre el valor de los bienes culturales, que será objeto de numerosas intervenciones, cuanto de la necesidad de generar ciencia histórica a partir de operaciones que, en su fin, no parece que lo sean. Mejor dicho, tendrían que serlo, pues deberían de ser el resultado de discusiones científicas. Pero no siempre es así. Con frecuencia el valor del conocimiento y de la especulación científica se deja a un lado y permanece de una manera demasiado estable la idea de encontrar una solución únicamente para cada caso concreto. Es así como la «puesta en valor» de los restos arqueológicos se convierte en un fin en sí misma.

Más aún, la propia investigación arqueológica suele estar más atenta a esas operaciones que a los propios debates que la inserten en análisis de contenido histórico.

Por todo ello, como trataremos de demostrar, muchas de las cuestiones que se examinan y que continúan siendo objeto de discusión están planteadas mal desde el principio y obedecen a una falta evidente de rigor en la investigación y al escaso interés por ella.

No parece, pues, que esté demás señalar, aunque sea de manera general, las bases que permitan caracterizar la sociedad andalusí. De otro modo, caeríamos, en nuestra opinión, en un relato interminable y puramente descriptivo de los bienes culturales andalusíes. Partiendo del análisis de la sociedad de al-Andalus pretendemos asimismo poner de relieve los problemas que se han desarrollado en su investigación y las operaciones de ocultación o, cuando menos, de banalización de nuestro rico patrimonio cultural.

De entrada, renunciamos, según ya hemos dicho, a una discusión autónoma sobre la realidad en que nos movemos, que bien merecería algunos párrafos. Por eso mismo, preferimos ir incluyendo algunos aspectos en el curso de nuestra exposición.

Tras hablar de la sociedad andalusí para señalar las bases que la puedan caracterizar, es cuando entraremos a discutir el papel asignado a cada elemento que resulta de ella y que ahora están fuera de la organización global del espacio, permaneciendo como ruinas. No obstante, una de las principales características de ese rico período histórico es la de crear establecimintos con una gran perdurabilidad, fruto de una transformación muy fuerte del medio físico por obra de la agricultura irrigada, como veremos más adelante. Es así como el paisaje, que de por sí es un bien cultural, adquiere una dimensión científica, arqueológica y patrimonial de primer orden, máxime cuando se aprecian aún en nuestra geografía ejemplos dignos de ser conservados y, por supuesto, previamente analizados.

La sociedad andalusí. Bases para su caracterización

La sociedad de al-Andalus se puede definir como tributaria o tributaria-mercantil, pese a que todavía hay discusiones al respecto (1). Esta definición, que parte de los análisis teóricos de Samir Amin (2), ha sido aceptada por Pierre Guichard (3) y por otros investigadores (4) , si bien el punto de partida en el presente caso hay que hacerlo arrancar del primer libro de Guichard sobre al-Andalus (5). En esta obra sus planteamientos partían de la consideración de la sociedad andalusí como distinta de la feudal occidental, si bien con una fuerte carga estructuralista y con un desarrollo histórico de menor entidad. La existencia de una base social apoyada en la familia extensa y en el agnatismo riguroso y en la endogamia, hacía posible una estructura muy sólida y en la que era difícil penetrar desde el exterior. Sin embargo, hay que reconocer que de su dimensión material era poco lo que se sabía. Sólo tras los estudios de Miquel Barceló se han podido establecer las líneas más generales. En su momento planteó la necesidad de conocer «la organización del proceso de trabajo dentro del amplio espacio de la alquería» (6). Más tarde ha ido estableciendo los principios del hidraulismo andalusí y la configuración de su mundo campesino (7).

En la presente ocasión sólo es posible esbozar las cuestiones generales, ya que la riqueza del debate, si bien en muchos momentos ha quedado oscurecido y aun se ha empobrecido, impiden entrar de lleno en el mismo.

Al-Andalus se integra, como es evidente, en las sociedades precapitalistas, que, en opinión de S. Amin, presentan tres características comunes: «1) el predominio de un modo de producción comunitario o tributario; 2) la existencia de relaciones mercantiles simples en esferas limitadas; 3) la existencia de relaciones de comercio lejano» (8).

Son líneas muy generales que parten de la descomposición del llamado «comunismo primitivo», que da como resultado la configuración de comunidades y una jerarquización posterior. Este paso no es homogéneo, como seguramente tampoco lo fueron las sociedades comunitarias primitivas, ya que al menos debieron de existir diferencias de orden ecológico y, por tanto, respuestas diversas. Por eso, el propio S. Amin procede a hacer una división en tres «subfamilias»: la primera es la que denomina formaciones tributarias ricas, que son aquéllas que se basan en «un excedente interno voluminoso» (9). La segunda corresponde a la propia de las formaciones tributarias pobres, que presentas como característica principal «el escaso volumen del excedente interno» (10). Por último, están las formaciones sociales tributarias-comerciantes. Es aquí donde se insertan las sociedades islámicas, si bien se perciben diferencias entre ellas.

La caracterización elemental del modo de producción tributario ha sido hecha, en primer lugar, por Amin. En él hay dos clases sociales esenciales. De un lado encontramos el campesinado, organizado en comunidades; de otro tenemos una clase dirigente que «monopoliza las funciones de organización política de la sociedad y percibe un tributo (no mercantil) de las comunidades rurales» (11).

Dos cuestiones merecería la pena destacar a este respecto. En primer lugar hay que señalar qué son y cómo se organizan las comunidades campesinas. En segundo lugar, hay que reconocer el papel que desempeña el Estado y cómo se configura.

Con respecto al primer punto sabemos bastante, pero queda muchísimo más por dilucidar. Las alquerías son la base territorial de partida de la sociedad andalusí y, por extraño que nos pueda parecer, apenas si han sido objeto de análisis arqueológicos, hasta el extremo que podemos decir que sólo se han excavado, siempre de forma bastante parcial, unas pocas. Y en algunas de ellas se ha actuado de tal manera que hacen prácticamente inservible los resultados que se han presentado, Lo que sabemos es sobre todo por la arqueología extensiva que ha sido revestida del ropaje de hidráulica. El punto de partida, que sostiene M. Barceló, es que hubo una importante migración a al-Andalus desde puntos antes controlados por el Islam, tanto desde la península de Arabia (12), como desde el vecino mundo norteafricano (13). Estos nuevos pobladores establecieron una agricultura basada en la irrigación, distinta a la anteriormente existente y que aportó no sólo técnicas sino plantas traídas de tierras de clima muy distinto al mediterráneo (14). Es así como se estableció en agroecosistema diferente al que había surgido del ecosistema mediterráneo. Y lo que es más importante, tuvo que convivir con este último.

Esta agricultura fue posible por el establecimiento de asentamientos rurales organizados por grupos familiares más o menos extensos, con unas estrategias que impiden su desintegración (15) Al mismo tiempo la cohesión territorial que presentan indica que la irrigación es una opción económica firme y que le confiere una gran estabilidad. Se ha podido precisar hasta qué punto los ingresos fiscales procedentes de esta agricultura, que no de las actividades comerciales, fueron importantes (16).

La riqueza de la agricultura irrigada dio un giro decisivo al poblamiento, hasta que en un momento dado, con seguridad en el siglo XI, los mercados fueron estables, que fue la condición previa necesaria para la generación de una intensa vida urbana (17). Ahora bien desconocemos, pese al amplia literatura científica existente, cómo aparecieron la ciudades. Se ha insistido que en su creación tuvo un papel destacado el Estado. Por tanto, estamos obligados a examinar brevemente su configuración en el mundo islámico.

P. Guichard ha señalado que no se puede emplear la noción de Estado como se hace en el mundo occidental. No es posible hablar de un «aparato institucional», tampoco de una organización compleja y jerarquizada como se aprecia en Bizancio. No obstante, era un Estado necesario, que el mismo investigador francés ha definido como «“aparato del islam”, constituido por un complejo de funciones políticas, administrativo-fiscales y jurídico-religiosas que, en su conjunto, son legalmente indispensables para el funcionamiento de la comunidad (es necesario un poder político, emiral o califal, para nombrar a todas las funciones “delegadas”, cadíes para administrar justicia, imam/s y predicadores para asegurar el servicio de las mezquitas, agentes fiscales para recaudar los impuestos obligatorios, etc.)» (18).

Según ha resaltado Guichard se debe de considerar «obligatorio». Sus instituciones «eran consideradas por todos como necesarias y, en cierto sentido, consustanciales a la propia organización social o comunitaria» (19).

El Estado, siempre entre los límites de la legitimidad y de la necesidad, hasta el punto de ser considerado una institución usurpadora y corruptora de la comunidad, se considera a veces puramente transitorio. Además, el poder queda simbolizado en una persona, paulatinamente aislada de la sociedad sobre la que se impone, que está revestida de una cierta, pero sólo cierta, representación religiosa (20).

El poder estatal tiene como base la ciudad, pero no se puede decir que ésta sea una creación mecánica de él. Y he aquí donde tropezamos con uno de los problemas principales, la escasez de análisis relevantes sobre el papel de tales núcleos en el esquema de «modo de producción tributario o tributario-mercantil» (21).

Tenemos, pues, que la sociedad de al-Andalus es fundamentalmente rural, que la ciudad es una creación mal conocida y, en contrapartida, en la que se ha ido concentrando la investigación sin resultados suficientes como para dilucidar su papel. Por otra parte, los núcleos más claramente creados por el poder político, las llamadas ciudades palatinas, han sido de manea casi exclusiva consideradas como tales y se ha destacado sobre todas las cosas su papel de manifestaciones del Estado islámico. Con frecuencia, como veremos en el caso de la Alhambra granadina, se les ha hurtado su condición de asentamientos humanos, con una base material sin la que no podrían haberse levantado y mantenido. Han quedado como espacios monumentales con partes inconexas y difíciles de mostrar a una población que demanda cada vez más productos de consumo cultural de calidad.

Algo similar ha pasado con los castillos. Fueron concebidos por algunos investigadores como elementos sustanciales del paisaje arqueológico y respondían, según ellos, a la conformación social de al-Andalus. Es el caso de lo que se observa en la obra del ya citado Pierre Guichard.

Fue él quien primero introdujo el tema en la investigación sobre al-Andalus (22). Lo hizo en el marco del importante coloquio celebrado en el año1978 en Roma, posterior, pues, a la edición del libro de Pierre de Toubert, en la que planteaba el tema del incastellamento (23). En ese coloquio se quería, partiendo del debate abierto por Toubert, estudiar la formación del feudalismo en el mundo occidental mediterráneo (24). En realidad se buscaba marcar la necesidad de incorporar el «modelo toubertiano» y poner de manifiesto cómo el feudalismo iba más allá del ámbito europeo que hasta entonces le había sido propio (la zona entre el Sena y el Rin). Otro trabajo de similares características lo firmó el mismo Guichard con André Bazzana en las Journées de Flaran celebradas en 1979 y publicadas al año siguiente (25).

El tema central de ambos trabajos es la cualificación de la sociedad andalusí, que ya había realiza y ahora precisaba partiendo del análisis de los castillos (26). De acuerdo con tales trabajos veía en la arquitectura militar unas características arquitectónicas específicas que habría que entender en la medida en que surgieron de una sociedad como la andalusí. Son estructuras defensivas con una extensión que va de los 4.000 m2 hasta 1 Ha. Se trata de obras levantadas en tapial. Largos lienzos, de trecho en trecho con torres, encierran una área desocupada o no. En el caso de que esté vacía se la considera una albacara. E entonces un espacio en el que se recoge el ganado y las gentes del territorio en torno al castillo.

Normalmente cuenta en tal supuesto con grandes cisternas que sirven abastecer de agua a animales y personas. El segundo espacio es claramente defensivo, el castillo propiamente dicho. Allí se encontraba una guarnición mandada por un alcaide. Como no servían para el propósito de los conquistadores cristianos, se vieron forzados a modificarlos. Con eso, además, les fue posible a los nuevos señores mostrar su poder y añadirlos como un elemento más de su prestigio social (27).

La aportación de Guichard va mucho más allá del análisis puramente arquitectónico. No deja a un lado el papel del castillo en la organización del territorio, sino que se dedica a analizarlo. A cada castillo le correspondía una extensión territorial que llevaba el mismo nombre que aquél. Diversas alquerías, ocupadas por grupos familiares más o menos extensos, muchos de los cuales han dejado huella en la toponimia. Se integraban en ese territorio. Eran núcleos conformados por «comunidades rurales libres muy vigorosas» (28). No cuentan con señores territoriales, lo que no impide que «una parte de los ingresos de la aristocracia dirigente pudieran proceder de la explotación de sus propiedades agrarias» (29). Éstas eran los denominados rafals.

Guichard culmina su estudio presentado en el coloquio de Roma señalando que la forma en que se organiza la sociedad valenciana anterior a la conquista, que es la que estudia con detenimiento, no es la propia del mundo feudal, sino que hay que calificarla como tributaria (30). Por eso, en el mismo edificio del castillo están representados los dos grupos sociales mayoritarios que la integran: de un lado, las comunidades de aldea, que son propietarias de la mayoría de las tierras de cultivo, y, de otro, el Estado (31). Mientras que la albacara es de estas aljamas dueñas de tierras, el castillo propiamente dicho pertenece al poder estatal. Por eso entiende la sofra como la obligación de contribuir a los gastos de reparación de las estructuras defensivas de acuerdo con tal dualidad. Con razón Chris Wickham ha destacado que se trataba más que de castillos en el sentido sociopolítico habitual que se utilizaba en el Occidente del año mil en adelante, eran fortificaciones públicas y colectivas (32).

El gran mérito de los trabajos de Guichard, que desde luego encuentra inspiración en los postulados de Toubert, aunque sea para señalar las diferencias con lo que sucede en el mundo occidental feudal, es conducirnos a la cualificación de al-Andalus. Sus planteamientos, como los del «modelo toubertiano», obligan en gran medida a los arqueólogos a intervenir en el debate. Para llevar a cabo la comprobación o no de sus teorías se tuvo que acudir a la arqueología. Ésta adoptó las características propias de la extensiva, procediéndose a analizar edificios y territorios a niveles superficiales. Y es así como encontramos una contradicción muy marcada entre la discusión teórica, apoyada con frecuencia en los textos escritos y en un trabajo arqueológico muy exiguo, e intervenciones de restauración que no siempre se han desarrollado con la metodología adecuada. De todo ello tenemos como resultado un volumen de páginas muy elevado en las que se analizan datos mínimos y de forma reiterativa, con descripciones muy someras, y otras dedicadas a señalar los sondeos llevados a cabo sin ningún género de consideración historiográfica.

Los estudios sobre los castillos que deberían de habernos conducido a discusiones y planteamientos de una mayor densidad histórica, se han quedado a medio camino y se han reducido y empobrecido. Ni siquiera se han aprovechado las numerosas oportunidades que se han ido presentando para hacer análisis de mayor complejidad, que son, precisamente, los que necesitamos. Si descendiéramos a nuestro caso concreto, el panorama sería sencillamente lamentable.

En suma, el castillo es sólo un punto emergente de una realidad social más rica. La insistencia, por otra parte, en estudiar las ciudades ha conseguido también su propósito, no poder precisar la organización de la sociedad andalusí. Adolecen los trabajos realizados hasta el presente, por lo común, de los mismos defectos que los referentes a los castillos. Se contemplan como algo en sí mismas, sin considerar su papel en el conjunto de la organización territorial. Además, han sido pasto de intervenciones múltiples en gran parte sin mucho rigor, de manera que se ha intervenido en ellas más que en otros puntos con mínimos resultados.

Tendremos que atender a las características esenciales que, en nuestra opinión, se deben de considerar. Así, parece probado por la configuración de las ciudades islámicas de primera época (33), que las diferencias entre el mundo urbano y el rural no era tan grande como en períodos posteriores. Se organizaba en barrios separados, en los que se agrupaban gentes con una base gentilicia similar. Tales barrios estaban apenas relacionados entre sí, con una diferenciación entre el espacio propiamente urbano y el del poder, cuyo punto de relación está en la mezquita mayor, como se documenta arqueológicamente (34). La aljama fue una creación posterior a la misma formación de la madina. El Estado necesitaba un punto de apoyo para establecer la relación con las comunidades campesinas y tenía que aprovechar los agrupamientos que éstas iban desarrollando. Sólo con la formación de un espacio público en el sentido de que era de todos, pero que había sido situado por el poder estatal, era posible acelerar y regularizar tales relaciones. Este principio, que aparece claramente a través de la arqueología, cuando ésta se ha hecho de manera inteligente, lo que no siempre es el caso y menos en nuestro ámbito, da pie a que se desarrolle en la línea que en su día planteó J. C. Garcin (35). En efecto, las ciudades parecen ordenarse en torno a elementos públicos, entre los que se encuentran elementos esenciales como la mezquita aljama, la residencia del gobierno o dar al-imara y, como consecuencia de todo ello, los mercados.

De la decisión estatal de superponerse a estos establecimientos se derivará la conformación de ciudades que no pueden nunca considerarse como núcleos controlados totalmente por el Estado. Se conocen mecanismos para evitarlo.

La madina se fue convirtiendo, por la propia dinámica de los territorios en que se insertaba y por la acción del poder en otra medida, en un núcleo en el que las actividades económicas, agrícolas y mercantiles, fueron fundamentales. De ahí que emerja un grupo urbano poderoso y autónomo, capaz de imponer sus condiciones al poder estatal. En la gran crisis de los siglo XI y XII se aprecia con claridad. A veces no existe el Estado o es una sombra y la pujanza urbana es manifiesta. Pero, al mismo tiempo, como ya se ha dicho, la economía campesina, pese a la presión de las ciudades, pudo segregar mecanismos de defensa a las alteraciones que se fueron produciendo, pues muchas veces fueron inevitables. En tal sentido la generalización de los «bienes habices» fue el motor que ralentizó muchas iniciativas e intervenciones externas.

Según todo lo señalado, la problemática histórica es muy vasta y a la arqueología le corresponde un papel de primera línea para hacer frente a un debate que hay que acometer sin más dilación. Sin él, seguiremos desprotegiendo nuestros bienes culturales y crearemos una lectura de nuestro patrimonio que no servirá nada más que para mostrar el exotismo, que muchas veces es sólo la irracionalidad, de una sociedad que tiene su propia lógica y que ha de ser mostrada a la ciudadanía en la medida de nuestras posibilidades.

Desde esa perspectiva, es ahora cuando parece obligado plantear las cuestiones propias del patrimonio del territorio granadino que estaba organizado en su totalidad por la kura de Ilbira desde la época califal y seguramente con anterioridad y que conformó un espacio organizado de larga perduración, primero con el reino taifa de los ziríes, dinastía de los bereberes sinhaya, y, más tarde, con el reino nazarí de Granada.

El patrimonio de los territorios granadinos

Una de las características de nuestros territorios granadinos, puesto que geográficamente son variados y no se pueden señalar como uno solo, es que estuvieron ocupados por el Islam durante todo el tiempo en que duró al-Andalus. Por eso contamos con un patrimonio muy rico y que nos permite seguir la realidad histórica y la vida material de los andalusíes. Es más, el hecho de que la conquista final del reino nazarí tuviese lugar a finales del siglo XV, con los Reyes Católicos, permitió un modelo de colonización en el que las poblaciones vencidas mantuvieron sus formas de vida durante bastante tiempo y se beneficiaron los vencedores de ellas por obra del tráfico comercial creciente y por efectos de la renta feudal, paulatinamente centralizada. Más que de destrucciones se debe de hablar de mantenimiento y transformaciones que, junto con la perdurabilidad de los asentamientos ya reseñada, hace que muchas veces los paisajes urbanos y rurales sean en sí mismos vestigios arqueológicos, aunque sigan siendo productivos.

Aun a riesgo de ser demasiado general y toda vez que es la primera ocasión en la que se hace un balance de las características propuestas, hemos considerado necesario diferenciar cada uno de los elementos de la organización del poblamiento que hemos venido señalando: castillos, alquerías y ciudades. Como en cada caso se podría elaborar una verdadera monografía, tendremos que remitirnos a cuestiones generales y acudir a estudiar sobre todo casos particulares, relevantes no sólo por ser conocidos, sino por el hecho, además, de que pueden solucionar problemas de amplio y denso contenido histórico. Además, hay que advertir que algunos de tales elementos son tan importantes que por sí mismos se podrían justificar.

Renunciamos, pues, a entrar en muchos más detalles y nos quedaremos con los aspectos más fundamentales para un análisis global como el que venimos proponiendo.

El problema que parece destacar en la actual historiografía es el de la ciudad. Ya hemos señalado que el debate no parece, sin embargo, arrojar la luz necesaria. En los territorios granadinos es especialmente destacable, toda vez que la discusión se ha centrado casi de manera exclusiva en los orígenes de Granada, que se pretenden romanos e ibéricos. En realidad se incide en el carácter cristiano de la urbe, en donde se celebró el importantísimo concilio de Elvira (36). Pero las pruebas arqueológicas no tienen la dimensión monumental que siempre se ha deseado, hasta tal punto que se ha llegado a escribir: «En esencia la realidad arqueológica de la ciudad romana no es la esperada, pero está ahí y sobre los restos materiales descubiertos en los últimos 20 años por la arqueología debemos intentar explicar su organización, estructura y desarrollo. De cualquier forma, con lo expresado en estas líneas no está resuelto el problema y siendo coherentes, debe ponerse en el mismo plano que el resto de hipótesis de trabajo que sólo podrán confirmarse o desmentirse ante la luz de nuevos hallazgos arqueológicos. En contra de esta idea podrá esgrimirse como un argumento los numerosos restos aparecidos durante los siglos XVI, XVII y XVIII pero sería paradójico que todo lo que existía en el subsuelo del Albaicín hubiese sido descubierto en épocas pasadas, cuando las remociones de tierra no eran tan profundas, no quedando más que algunos restos poco significativos que son los que los arqueólogos hemos encontrado.

Quizás el futuro nos depare la aparición de restos espectaculares que un espaldarazo a esa idea de una ciudad romana monumental, pero mucho nos tememos que los niveles romanos sigan siendo de la naturaleza que hemos referido en estas páginas» (37).

Todo indica que hay elementos de cambio. El paradigma de la ciudad romana está en proceso de revisión, y no sólo porque se reconoce que ha de partirse de un análisis de los restos arqueológicos descubiertos de época romana y su relación estratigráfica, sino porque también se insiste en un punto fundamental que en su momento ya propuse, la integración del conocimiento del territorio en cualquier estudio histórico-arqueológico de Granada (38).
Y he aquí donde entra el importantísimo tema de la ciudad de Madinat Ilbira. Se trata de un núcleo que aparece caracterizado en las fuentes como urbano y que arqueológicamente es casi desconocido. Merece, pues, la pena que le dediquemos nuestra atención.

Uno de los problemas historiográficos más debatido en el panorama científico europeo es sin duda el de la crisis del mundo romano, con su epigonismo germánico, y el inicio de la Edad Media. La discusión se ha polarizado en dos planteamientos que podemos calificar respectivamente de «rupturista» y «continuista». La argumentación se ha basado principalmente en la arqueología. Así lo demuestra la realización de proyectos de envergadura, ya terminados, como el de la Cripta Balbi, en Roma, que ha dado lugar a una serie de importantísimas publicaciones (39), o en curso de realización, tal cual el conducido por Richard Hodges en la ciudad de Butrint, en Albania. Se puede decir, parodiando al propio Hodges, que gracias a estos y otros proyectos, no todos propiamente urbanos, aunque los análisis de las ciudades sean muy importantes, la arqueología ha hecho posible que haya «light in the Dark Ages» («luz en los tiempos oscuros») (40).

Sin duda, los términos del debate están claros. La profunda crisis del sistema romano afectó de manera evidente a la organización de los centros poblados, sobre todo los urbanos. Las ciudades eran el elemento nodal del poblamiento, pese a no ser productivas y tener una dimensión especialmente política. Organizaban un amplio territorio con asentamientos de diversa cualificación, dependientes jurídicamente de ellas.

Por eso, como ha señalado Chris Wickham (41), hay una dispersión de los asentamientos que se agudiza al quedar fuera muchos de ellos del control urbano. Aunque no debe de olvidarse que, como ha escrito el mismo Wickham: «El fin del Imperio de Occidente no produjo cambios de forma inmediata en el poblamiento rural en la mayoría de los lugares» (42).

Se puede incluso decir que las invasiones bárbaras no produjeron un cambio inmediato, dada la densidad de los asentamientos precedentes y la escasez de los recién llegados, la mayor parte de las veces insertos en los escasos mecanismos de poder que quedaban. La transformación sería lenta y, al mismo tiempo, supondría la pérdida de capacidad de dominio por parte de una aristocracia en retroceso y, en consecuencia, una cierta liberación de las estructuras campesinas que se constituirán en aldeas dispersas. La concentración de la población será propia ya de la época feudal, en un proceso bien conocido que se ha denominado «incastellamento», gracias a la magnífica obra de Pierre Toubert (43), que ha generado una copiosa bibliografía acerca de las modalidades y ritmos que adquirió (44).

Sin embargo, se habrá ya observado que las dimensiones de la crisis se pueden medir especialmente por la decadencia de la vida urbana y el distinto papel que desempeñan a partir de un determinado momento o punto crítico de las ciudades. Desde entonces, que podemos cifrar en el siglo V o principios del siglo VI, como fechas generales, los asentamientos rurales se desprenden de ese rígido control urbano y adquieren una dimensión propia, sin el carácter periurbano que tenían precedentemente (45).

Todo lo que hemos señalado hasta aquí, de manera necesariamente resumida, nos hace tratar el tema de lo sucedido en la Península Ibérica en las mismas líneas de análisis, pero marcando una característica que le confiere una especificidad en el conjunto europeo. En efecto, la invasión árabe de principios del siglo VIII supuso un cambio importante en las formas de organizar el poblamiento y marca unas diferencias con respecto a otras muchas partes del Occidente europeo.

Comencemos por decir que en Hispania se produjo una contrastada crisis de las ciudades antiguas (46), aunque el debate dista mucho de haber adquirido las proporciones que ha tenido, por seguir con el mismo ejemplo, en Italia (47).

Lo más destacable del proceso de instalación de los árabes es que hubo unas migraciones cada vez más documentadas de poblaciones procedentes de otras regiones mediterráneas, incluso de la propia península de Arabia, y, por supuesto, del N de África. Los asentamientos resultantes se fueron uniendo a los ya existentes, que tenían ellos mismos un notable carácter rural.

Las alquerías andalusíes estaban organizadas como núcleos básicos en los que grupos humanos unidos por lazos familiares se dedicaron a una agricultura de regadío principalmente. Como muy tarde en el siglo X se aprecia perfectamente configurado un paisaje radicalmente distinto al anterior, al de época romana.

Este proceso de instalación supuso asimismo una nueva dimensión para la vida urbana, desfalleciente según hemos dicho. Las ciudades surgieron de acuerdo con nuevos parámetros, que muchas veces se han ignorado. En realidad, la crisis de la tardía Antigüedad lo facilitó.

Se da la circunstancia de que la mayoría de nuestras ciudades han pasado por ese proceso, pero han seguido evolucionando hasta los tiempos presentes. Son muy pocas las que permiten hacer un análisis del paso de la Tardía Antigüedad a la Alta Edad Media. Entre otras está la de Vascos, objeto de excavaciones sistemáticas que aún continúan (48). También se halla en el mismo caso, si bien abandonada por los investigadores y a su triste suerte, la de Madinat Ilbira. Ciudad que hunde sus raíces en el mundo antiguo, adquirió un protagonismo singular, que nos viene señalado por numerosas noticias en las fuentes escritas, en los primeros siglos de la historia de al-Andalus. Su estudio, pues, es de primera necesidad para la investigación científica europea, pero también para la recuperación de un asentamiento que ha significado una parte importantísima de la historia de España y de Andalucía. Su destrucción por abandono o por otros factores intencionados sería un error, por no decir un delito de graves consecuencias sociales y políticas.

La ciudad de Ilbira es un establecimiento de primera importancia histórica para la comprensión de la llegada de los árabes y su instalación en la Península. Si bien hay restos arqueológicos que prueban una ocupación de época romana, no han sido estudiados con el detenimiento mínimo en tales casos es exigible.

La suerte que ha sufrido este yacimiento está muy unida a la necesidad de documentar una Granada romana por encima de cualquier otra lógica. Ya Gómez Moreno, padre, quien nos dejó los mejores testimonios sobre los hallazgos que hubo en la cara meridional de Sierra Elvira, señalaba una secuencia poblacional en la que implicaba a Ilbira y Garnata: «Resumiendo diremos, que del estudio de los datos arqueológicos suministrados por los descubrimientos hechos de cincuenta años á esta parte en las inmediaciones de Atarfe, se deduce: que la ciudad romana que allí hubo, y cuyos vestigios han llegado hasta nosotros, era una población distinta de Iliberri, llamada por algunos Castala, y que despues fué la Medina Elvira ó capital de la comarca de este nombre» (49).

La máxima expresión de esa tendencia se alcanza con Eguílaz, que hace coincidir en el solar de Granada, tanto Madinat Ilbira como Madina Garnata, separadas ambas por el río Darro (50). El deseo de demostrar la continuidad de un poblamiento desde época antigua hasta la árabe se mezcla con el tema del llamado concilio de Elvira, celebrado a comienzos del siglo IV. La intervención de Torres Balbás, que siempre fue sagaz y bien documentada, no pudo solventar cuestiones fundamentales en este problema (51), como se aprecia en uno de los párrafos que escribió: «El lugar escogido en la kura de Ilbira fué Castilia, que ellos llamaron Qastiliya, a dos leguas al noroeste de Iliberis y al pie de la sierra que más tarde se llamó Yabal Ilbira.

Ignórase si subsistía la ciudad o aldea romana: lo verosímil, vista la persistencia de su nombre, es que no estuviera totalmente despoblada. Además del tradicional romano arabizado de Qastiliya, los autores islámicos la llaman hadra Ilbira, es decir, capital de la kura de Ilbira, mientras a la actual Granada conocíanla por madinat (ciudad principal, cercada y con mezquita mayor) Ilbira» (52).

En una nota a pie de página el propio Torres Balbás pone como argumento de autoridad la obra de Gómez Moreno, en este caso el hijo del autor de Medina Elvira, que en un artículo publicado en 1905 (53) intenta solucionar el conflicto de la existencia de Ilbira y Garnata. Desde luego opta por establecer un predominio de esta última sobre la primera, al menos en cuanto a continuum histórico. Es él quien sienta las bases sobre las que se ha desarrollado la investigación posterior sobre este tema, como sobre tantos otros.

De todas formas, es evidente que la obra de Gómez Moreno González ofrece pruebas más que suficientes para demostrar que el yacimiento que se halla a los pies de Sierra Elvira, que fue identificado acertadamente con la Ilbira árabe, tiene una ocupación antigua. Los materiales que incluye en un apéndice lo ponen de manifiesto. Así, por ejemplo, se encontraron dos inscripciones romanas. Una de ellas apareció en las proximidades de los Baños de Sierra Elvira, a ochenta metros, en dirección a Pinos Puente (54), a los pies del Cerro del Sombrerete. Está dedicada al emperador Germánico y se debe, por tanto, fechar entre el 81 y 95 d. C. Hoy se conserva en el Museo Arqueológico Provincial de Granada con el número de registro 840 (55). Otra inscripción fue encontrada delante del Cortijo de las Monjas y está dedicada al emperador Antonino Pío (56). También se pudo recuperar una inscripción de comienzos del siglo XI en caracteres latinos (57). En cuanto a la numismática se identificaron algunas monedas ibéricas, una de ellas de Iliberri que apareció en torno a los citados baños, y numerosas romanas, tanto de la época de Augusto como ya de época bajoimperial. Ni que decir tiene que aparecieron también tegulae y ladrillo de época romana.

En suma, dejando a un lado los problemas que plantea la falta de un contexto arqueológico, se puede decir que los hallazgos permiten hablar de un asentamiento romano. Habría que documentarlo de forma más rigurosa, porque la importante aportación de Gómez Moreno González es propia de una época ya lejana, en la que la Arqueología de hallazgos privaba sobre cualquier otra noción.

Desde entonces poco se ha hecho. Los más recientes trabajos de cerámica se han realizado sobre los materiales que se llevaron al Museo Arqueológico Provincial de Granada en el siglo pasado o sobre los que se han obtenido más recientemente, aunque no se hayan conseguido en campañas sistemáticas de prospección. El estudio de Carlos Cano sobre la cerámica de Ilbira (58) ha puesto de manifiesto la importancia en época califal del yacimiento cercano a Atarfe. De lo que no cabe duda a partir de sus trabajos y de su posterior tesis doctoral, en la que parcialmente trata el tema (59), es que el núcleo era importante y que tiene continuidad desde época emiral hasta el califato. No se puede precisar mucho más, a partir de otros artículos (60). Digamos que el problema de la continuidad o ruptura en la ocupación de este espacio queda por dilucidar. Es más, los hallazgos de época romana, como ya hemos dicho, no permiten por ahora una cualificación precisa sobre el asentamiento. El problema crucial de una continuidad o una ruptura a la llegada de los árabes sigue en pie, pese a su importancia y densidad historiográfica. Las más recientes intervenciones hechas en las proximidades de Atarfe han permitido apreciar la importancia y extensión del yacimiento. La primera de ellas se hizo en las cercanías de Atarfe, en el extremo opuesto al Cerro del Sombrerete, en donde tuvo lugar la segunda. En aquélla, situada en la zona llana, antes de llegar propiamente a la vega, se pudo comprobar la existencia de casas con abundante material cerámico de la primera época andalusí (61). En ésta se actuó en lo que era la alcazaba de Madinat Ilbira (62), o sea en la zona de montaña que cierra el conjunto por el O y NO. Se identificaron en esta área los únicos restos de murallas que se han podido documentar hasta ahora y que prueban que era un mecanismo defensivo para la ciudad, pero principalmente para una serie de viviendas que se perciben en la ladera orientada al S-SE, en las, sin embargo, no se intervino. En la cima se excavó una vivienda de considerables dimensiones, que sólo pudo documentarse parcialmente. Quedó también sin estudiar la parte N de este monte, en donde se ve un muro de considerables dimensiones que no se puede determinar si es el soporte de un camino o bien una defensa. En todo caso, se tuvo la seguridad de que el asentamiento responde a un esquema característico de la primera época islámica, como otros que se le asemejan topográficamente (63). Incluso ciertos asentamientos situados en zona llana, en el entorno del Genil, muestran una tipología de viviendas muy similar a la excavada de forma parcial en la parte superior del Sombrerete (64).

Este escasísimo avance de la investigación sobre el importante yacimiento contrasta con la enorme presión que viene sufriendo.

Si los trabajos arqueológicos son exiguos, más aún lo son atendiendo a la magnitud del yacimiento, en cuanto a su extensión, y por los peligros que se ciernen sobre él.

Ahora bien, en el debate histórico que puede plantear su estudio, los textos no son de una gran precisión, como, por otra parte, parece normal en atención al periodo y a la labor de oscurecimiento que se ha hecho de los mismos, pero tienen una indudable importancia (65).

Por todo ello, no podemos precisar cómo se formó esta ciudad. No sabemos si fue una mera continuidad de la época romana a la primera árabe, o, por el contrario, el proceso fue distinto. Pudo, de hecho, darse un surgimiento de asentamientos rurales, algunos de los cuales están en el entorno, como las alquerías de Tignar y de Caparacena, desde los comienzos del dominio musulmán, y, a partir de ellos, se formó una madina. Es posible también que desde el principio se crease una ciudad ex novo, asignando espacios a los diferentes grupos humanos que la habitaron. En cualquier caso, todo indica que antes del califato ya era una estructura de poblamiento que podemos considerar urbana. Eso no quiere decir que estuviese plenamente configurada como tal, pues en las primeras ciudades islámicas, como ha resaltado Pierre Guichard (66), se daban unos elementos mínimos de lo que más tarde serían habituales. Es más, el gran peso de las estructuras gentilicias se aprecia en una organización muy simple y en la que las defensas no suelen desarrollarse hasta fechas posteriores. En Pechina ocurre algo similar, pues se puede considerar que había mecanismos defensivos sólo en una de las partes del extenso conjunto que ocupaba la ciudad, en la que se encuentran barrios diferenciados.

Lo dicho, claro está que de manera resumida, hasta ahora, pone de relieve la importancia que tiene el estudio de este asentamiento de primera época andalusí.

El avance que se ha producido en los últimos años se debe, esencialmente, a las dos intervenciones arqueológicas de urgencia llevadas a cabo, de las que ya hemos hablado, y a la prospección que se desarrolló en el verano de 2003, que tenía como objetivo delimitar el yacimiento como un todo y, así, proceder a su declaración como BIC.

Los trabajos nos han llevado a mostrar una configuración, que, indudablemente habrá que modificar si avanzan las investigaciones arqueológicas.

Se observa de entrada una clara separación entre dos áreas. Una de ellas es la que se sitúa en la parte del Sombrerete, que está parcialmente amurallada, y en la que hay una serie de viviendas junto a ella. Se puede considerar propiamente la «alcazaba», en cuya cúspide había espacios de habitación de cierta entidad, como se vio en el área II de la excavación llevada a cabo en 2001. A los pies de esta elevación, en el contacto con el piedemonte que desciende suavemente, se situaba la mezquita aljama, fundación de ‘Abd al-Rahman II. Era el punto de relación con el espacio urbano propiamente dicho. En él aparecen, al menos en una primera interpretación, zonas de alta concentración cerámia y que están dotadas de sistemas propios e individualizados de abastecimientos de agua. En efecto, una serie de pozos alineados, que deben de interpretarse como qana/s, nos hablan de una fragmentación de las áreas urbanas propiamente dichas. Esto significaría que estamos ante una alternancia de zonas vacías y otras ocupadas, en vez de una aglomeración desordenada. Estaríamos, pues, ante una estructura urbana de primera época en la que los pobladores se organizaban de acuerdo a una adscripción familiar. Sobre ella debió de imponerse el Estado omeya en formación, generando un área de ocupación propia, la alcazaba, con la mezquita mayor a sus pies, que sería el lugar de relación de todo el conjunto urbano.

Es evidente que Madinat Ilbira obedece a un proceso de formación urbana que se dio en al-Andalus y que, por el momento, sólo conocemos en líneas muy generales. Contamos con ejemplos distintos en los territorios granadinos que demuestran que las formas de evolución del poblamiento fueron muy diferentes. Así, sabemos que ciudades de fuerte tradición antigua, como Guadix,, por lo que podemos decir hasta ahora (67), quedaron reducidas a una extensión pequeña, seguramente no superior a las 2 Ha. Se trataría de una ocupación primaria y relacionada con la necesidad de poblar los espacios agrícolas que se fueron generando gracias a la irrigación que se fue estableciendo. Estaría plausiblemente compuesta por una alcazaba y un área urbana reducida. El amurallamiento completo del territorio que sería conocido como madina en fechas ya avanzadas tuvo lugar en el siglo XII, en la primera época almohade, al menos por los materiales con que contamos tras la excavación que hemos llevado a cabo en el Torreón del Ferro. Por tanto, la extensión del núcleo pudo ser posterior al siglo XI, o si tuvo lugar en esas fechas, sólo quedó defendido por la muralla posterior. Por lo que respecta al área que hemos excavado en el verano de 2004, se observa con claridad un hiato desde el siglo V hasta el siglo XII. Es más, una serie de acequias se encuentran junto a la muralla y la pasan por debajo, lo que prueba que era una zona de cultivo agrícola antes de su fundación.

En otras estructuras urbanas, como la de Loja, se ha podido demostrar que la configuración de un hisn se dio no antes del siglo IX como elemento arquitectónico de cierta entidad, mientras que los núcleos rurales eran anteriores (68). Se debe su fundación como tal fortificación a ‘Abd al-Rahman II y hay que enlazarla con la paulatina implantación del Estado omeya. Ha de tenerse en cuenta que el poblamiento de los árabes clientes de los omeyas es conocido desde la primera época andalusí (69).

De todas formas, hay que señalar que la organización urbana es un proceso mucho más complejo del que podemos discernir hasta ahora, puesto que carecemos de análisis y de investigaciones de base, absolutamente imprescindibles para poder avanzar. Y aquí podemos sacar a colación de nuevo el tema de la ciudad de Granada.

Lo cierto es que antes del siglo XI el solar en donde luego estaría Madina Garnata no estaba poblado, quizás sólo hubiese un hisn. A partir de llegada de los ziríes Granada se nos aparece con una estructura muy clara y, en gran medida, rígida. Pensamos que su creación pudo deberse a un deseo de crear una madina que respondiese a la tradición anterior, en la que el peso de los grupos familiares obligaba a asignarles espacios concretos, con grandes vacíos entre ellos. A veces aparecen, sin ser reconocidos como tales, en las excavaciones del Albayzín, y, por tanto, no se pueden explicar.

La mezquita aljama diseñaba un nuevo tipo urbano. Ya no hay una relación inmediata entre ella y el alcázar real, como en fechas anteriores, sino que está excéntrica. Se puede explicar por dos aspectos muy importantes. De un lado, por la necesidad de atraer a las poblaciones rurales de los alrededores a la nueva ciudad. De otro, porque tuvo que buscarse un espacio que no estuviese bajo el control de ningún grupo humano. No hay que olvidar que esta área de Bibarrambla el monarca zirí tenía propiedades, algunas de las cuales enajenaría para levantar tal mezquita aljama.

De la misma época zirí debe ser el gran cementerio urbano, situado en las inmediaciones de la Puerta de Elvira. Con él queda dibujada la ciudad en su conjunto. Las murallas, la infraestructura urbana, la alcazaba y su alcázar real, la mezquita principal son hitos que marcan el perfil de Granada como una auténtcia madina que se desparrama desde la colina del Albayzín hasta los confines de las terrazas que rodean la vega holocénica. Los hitos viene claramente expresados y nos advierten de que no se trata de un entidad urbana limitada a la parte alta, sino que se prolonga hacia el mundo rural que la rodea y procura atraerlo. No sólo ocupa la orilla derecha del Darro, sino la izquierda. En la elevación en la que luego se asentaría la Alhambra se creó una fortificación con una coracha que descendía al Darro, seguramente en la época del último soberano de la dinastía ‘Abd Allah. En el área menos elevada, siempre a la izquierda del río, se creó un espacio artesanal, principalmente de alfares. Pero también aprovechando las aguas del Darro se situaron otras industrias de tintes, tenerías, etc., a ambos lados del curso del propio río.

La edilicia zirí nos habla de una dualidad en la que se mantuvo esta dinastía. En gran media pretende ser heredera de la época califal, pero bien pronto se revela como el nuevo poder construye de otra forma. De los aparejos a soga y asta se pasa al tapial.

En el siglo XI es explicable la fundación de una ciudad llamada a ser la capital del reino taifa. En fechas más tardías asistimos a la generación de más ciudades y al desarrollo de éstas. En su momento explicamos lo que sucedió en Granada en época almohade (70) y cómo el propio poder almohade fue generando espacios propios que supusieron un avance urbano sobre el mundo periurbano. Pero este caso no puede considerarse aisladamente, toda vez que se aprecia una doble tendencia. La ya mencionada expansión urbana, visible en Granada y Guadix, por ejemplo, y la generación de asentamientos fortificados que comienzan a desarrollarse como casi ciudades o pequeñas ciudades desde el siglo XII, puede que incluso en el período inmediatamente anterior a los almohades. Medir el ritmo de urbanización y marcar lo que sucede con el mundo rural circundante es una tarea inexcusable.

He aquí el problema de mayor densidad histórica que no ha sido resuelto: la evolución de los núcleos rurales y su posible transformación. En sus líneas generales conocemos la evolución, pero sin los matices suficientes. Es más, no disponemos de suficiente documentación al respecto. Sabemos más gracias a las fuentes escritas, sobre todo las posteriores a la conquista castellana de finales del siglo XV, que a la investigación arqueológica que dista muchísimo de ser suficiente.

Señalemos, pues, los aspectos más destacables. los núcleos campesinos por excelencia, Las alquerías fueron fundaciones de grupos familiares fuertemente cohesionados y territorializados que mantienen sus formas de vida y sus mecanismos de protección que evitan la descomposición. La presión estatal es externa e incluso se podría decir que el mismo Estado tiene interés en que se mantengan. Los elementos disolventes más proceden de la generalización del comercio, aunque también había posibilidades de adaptación al peso creciente de una demanda externa que va subiendo a partir de la presión feudal occidental desde el siglo XI y por los pactos con el Estado o majzen, configurados ya a partir del siglo XII.

La misma estructura de un poblado almohade fortificado, como el de «El Castillejo», de Los Guájares, pone de relieve un aporte de gentes que se instalan siguiendo formas de familias extensas. La propia disposición de las casas, que nunca pueden ser consideradas como elementos aislados, parece indicarnos que el asentamiento se hizo siguiendo una configuración en la que el peso de los grupos familiares fue muy significativo. Eso no quiere decir ni mucho menos que no hubiese un principio de jerarquización social, hasta ahora no estudiado pese a que se han publicado bastantes artículos y algunos libros sobre la vida agrícola y el mundo campesino que han pretendido dar una interpretación global que consideramos incompleta y en muchos aspectos fallida.

Es más, en otro orden de cosas, los bienes habices nos muestran dos aspectos muy distintos, pero que confluyen. Por una parte, se observa un intento de sacralizar los bienes para que no desparezcan de la propiedad del grupo. Por otra parte, las fuentes escritas que nos los relacionan nos indican que aún perduraban en los tiempos finales del reino nazarí formas de ocupación del espacio rural y de organización del caserío que tienen más que ver con las formas gentilicias que con otras, por muy descompuestas que a veces se nos muestren. Ahora bien, hay que tener precauciones a la hora de hacer una interpretación abusiva en tal sentido, porque podría tratarse también del mantenimiento de una ideología que evitaba la contestación social. La propia acción del Estado nazarí nos lo pone de manifiesto. Así hay que entender la exigencia de Yusuf I de que en cada núcleo rural en que hubiese 12 familias o más se crease una mezquita mayor; es del deseo claro de penetrar en el mundo campesino. Para ello no dudan en poner en cultivo tierras que por ser vivificadas pasan a ser propias (71). La intervención en los castillos, que en ciertos casos tienen una estructura casi urbana en su interior, con dos espacios bien diferenciados (alcazaba o castillo propiamente dicho y «villa») e incluso, a veces, con arrabales, les aproxima a núcleos prácticamente urbanos. Es más se integran en circuitos defensivos cuyo último eslabón es la ciudad propiamente dicha.

Al mismo tiempo, la cerámica nos indica que el comercio era una línea fundamental para el control de las poblaciones rurales, o, mejor dicho, de una parte importante de su producción. La estandarización de las formas cerámicas y el empleo de ajuares de similares características en el mundo rural y en el urbano son un claro ejemplo del peso de la ciudad. Pero siguen existiendo mecanismos de «resistencia» por parte de los grupos campesinos.

La propia pervivencia en el paisaje de la irrigación es una muestra de esa fortaleza y pervivencia de los núcleos rurales hasta fechas muy tardías. En tal sentido su análisis sigue siendo inexcusable y un método de aproximación insustituible.

Así, siendo cierto que en los territorios granadinos hay elementos de primera magnitud para valorar y conocer el patrimonio arqueológico de que disponemos, como la arquitectura militar, que habrá que estudiar y recuperar, no lo es menos que el propio paisaje sigue siendo esencial. Es evidente que los castillos, por ejemplo, pueden servir de modelo de análisis de la organización del poblamiento y desvelar la propia evolución de la sociedad andalusí, pero no es menos cierto que sólo son una parte de aquélla.


NOTAS

(1) Eduardo MANZANO MORENO: «Relaciones sociales en sociedades precapitalistas: una crítica al concepto de “modo de producción”». Hispania, LVIII/3, núm. 200 (1998), pp. 881-913.
(2) Samir AMIN: El desarrollo desigual. Ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico. Barcelona, 1974.
(3) Pierre GUICHARD: Al-Andalus frente a la conquista cristiana. Los musulmanes de Valencia (siglos XI-XIII). Valencia, 2001 La obra fue publicada originariamente en francés, en Damasco, 1990-1991, en 2 vols.
(4) Es el caso de Reyna PASTOR DE TOGNERI: Del Islam al cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico-sociales: Toledo, siglos XI-XIII. Barcelona, 1985 (1ª edición en Barcelona, 1975).
(5) Pierre GUICHARD: Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente. Barcelona, 1976.
(6) Miquel BARCELÓ: «Vísperas de feudales. La sociedad de Sharq al-Andalus justo antes de la conquista catalana», en Felipe MAÍLLO SALGADO (ed.): España. Al-Andalus. Sefarad: Síntesis y nuevas perspectivas. Salamanca, 1988, pp. 99-112, espec. p. 107.
(7) Se puede apreciar en la recopilación de sus trabajos: Miquel BARCELÓ, Helena KIRCHNER y Carmen NAVARRO: El agua que no duerme. Fundamentos de la arqueología hidráulica andalusí. Granada, 1996.
(8) Samir AMIN: El desarrollo desigual…, p. 14.
(9) Samir AMIN: El desarrollo desigual..., p. 17.
(10) Samir AMIN: El desarrollo desigual..., p. 17.
(11) Samir AMIN: El desarrollo..., p. 12.
(12) Miquel BARCELÓ: Los Banu Ru‘ayn en al-Andalus. Una memoria singular y persistente. Granada, 2004.
(13) Centrada su investigación fundamentalmente en las Baleares, ha publicado numerosos artículos, del que elegimos uno como ejemplo: Miquel BARCELÓ: «Assaig d’identificació del rastre dels assentaments de la immigració berber més primerenca», en Miquel BARCELÓ (ed.): El curs de les aigües. Treballs sobre els pagesos de Yabisa (290-633 H./902-1235 d. C.). Ibiza, 1997, pp. 9-28.
(14) Andrew M. WATSON: Innovaciones en la agricultura en los primeros tiempos del mundo islámico. Granada, 1998.
(15) Carmen TRILLO SAN JOSÉ: Agua, tierra y hombres en al-Andalus. La dimensión agrícola del mundo nazarí. Granada, 2004, y de la misma autora: Una sociedad rural en el Mediterráneo medieval. El mundo agrícola nazarí. Granada, 2003. Asimismo, su artículo: «Agricultura y riego gentilicio en al-Andalus», en Mª de los Ángeles GINÉS BURGUEÑO (ed.): La arqueología medieval en la arqueología. Granada, 2003, pp. 171-202.
(16) «Descuella [en al-Andalus] en primer término el factor urbano, tanto por el número como por la extensión, la difusión geográfica, la densidad y la importancia demográfica de las ciudades. Éstas concentran la actividad artesano-mercantil, constituyen la sede del poder político y monopolizan la vida ideológico-cultural. Hemos aludido a la presencia de una considerable actividad comercial y es evidente que al-Andalus está integrado en una economía de mercado. Pero ésta no afecta más que al excedente de las economías de subsistencia familiares o aldeanas y no se debe de sobrevalorar (aunque sea significativa) la importancia de los zocos ni la presencia de un funcionario expresamente encargado de su control: el zabazoque. Si recordamos que el máximo legal imponible sobre los géneros procedentes de fuera de la dar al-islam oscila entre el 5% y el 10% ad valorem, el volumen del comercio necesario para sostener al estado andalusí habría de ser enorme. Y sabemos que, durante el califato de ‘Abd al-Rahman al-Nasir, los ingresos por aduana no pasaban de un 1,3% a 1,5% de la recaudación tributaria legal» (Pedro CHALMETA: «Al-Andalus», en Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ (dir.): Historia de España. Vol. 3, Al-Andalus: musulmanes y cristianos (siglos VIII-XIII). Barcelona, 1996, pp. 8-113, espec. p. 100.
(17) Miquel BARCELÓ: Los Banu Ru‘ayn…, p. 143.
(18) Pierre GUICHARD: Al-Andalus frente a…, p. 45. Vid. además la p. 375.
(19) Pierre GUICHARD: Al-Andalus frente a…, p. 45.
(20) Hay una abundante bibliografía sobre el tema, pero recomendamos, además de la lectura del citado libro de Pierre GUICHARD: : Al-Andalus frente a…, especialmente los capítulos XIII a XV, la de la obra de Ann S. K. LAMBTON: State and Government in mdieval Islam. Oxford, 1981.
(21) Así lo ha puesto de manifiesto Guichard: «Debo reconocer que en el esquema «tributario» propuesto en este trabajo, el papel y el lugar del sistema urbano no aparecen de forma muy clara» (Pierre GUICHARD: Al-Andalus frente a…, p. 650).
(22) Pierre GUICHARD: «El problema de la existencia de estructuras de tipo «feudal» en la sociedad de al-Andalus. (El ejemplo de la región valenciana)», en Pierre BONNASSIE et alii: Estructuras feudales y feudalismo en el mundo mediterráneo (siglos X-XIII), Editorial Crítica, Barcelona, 1984, pp. 117-145.
(23) Pierre TOUBERT: Les structures du Latium médiéval. Le Latium méridional et la Sabine de la fin du IXe à la fin du XIIe siècle. École Fran?aise de Rome, Roma, 1973, 2 vols.
(24) AA. VV.: Structures féodales et féodalisme dans l'Occident méditerranéen (Xe-XIIIe siècles), École Fran?aise de Rome, Roma, 1980. Hay una edición parcial en español ya citada anteriormente: Pierre BONNASSIE et alii: Estructuras feudales...
(25) André BAZZANA y Pierre GUICHARD; «Un problème. Châteaux et peuplements en Espagne médiévale: l'exemple de la région valencienne», en Premières Journées Internationales d'histoire. Châteaux et peuplements en Europe occidentale du Xe au XVIIIe siècle, Auch, 1980.
(26) «Para intentar reconstruir las estructuras de la sociedad musulmana anterior a la conquista aragonesa, podríamos partir de uno de los hechos que, a primera vista, sugieren con más claridad un cierto nivel de identidad con la sociedad feudal occidental. Nos referimos al número e importancia —aún visibles en el paisaje actual— de castillos que se remontan a la época musulmana» (Pierre GUICHARD: «El problema...», p. 121).
(27) «il est évident que la détention d'un château, instrument du pouvoir seigneurial à l'échelon local, est aussi un élément de prestige social» (André BAZZANA y Pierre GUICHARD: «Un problème...», p. 200).
(28) Pierre GUICHARD: «El problema...», p. 135.
(29) Pierre GUICHARD: «El problema...», p. 135.
(30) GUICHARD, Pierre, «El problema...», p. 136-137.
(31) GUICHARD, Pierre, «El problema...», p. 136-137.
(32) WICKHAM, Chris, «A che serve l'incastellamento?», en BARCELÓ, Miquel y TOUBERT, Pierre (eds.): L'incastellamento..., pp. 31-41, espec. pp. 34-35.
(33) Pierre GUICHARD: «Les villes d'al-Andalus et de l'Occident musulmans aux premiers siècles de leur histoire. Une hypothèse récente», en Patrice CRESSIER y Mercedes GARCÍA ARENAL (eds.): Genèse de la ville islamique en al-Andalus et au Maghreb occidental. Madrid, 1998, pp. 37-52.
(34) Alastair NORTHEGE: «Archaeology and New Urban Settlement in Early Islamic Syria and Iraq», en G. R. D. KING y Averil CAMERON: The Byzantine and Early Islamic Near East. II. Land use and ssettlement patterns. Princeton, 1994, pp. 231-265.
(35) «Elles paraissaient s’ordenner autour d’espaces centraux communautaires, comprenant au moins des élements essentiels comme le djâmi‘, la résidence du gouverneur (dâr al-imâra) et les marchés» (Jean-Claude GARCIN: «Les villes», en Jean-Claude GARCIN et alii: États, sociétés et cultures du monde musulman médiéval. Xe-XVesiècle. Tome 2. Sociétés et cultures. París, 2000, pp. 129-171, espec. p. 146.
(36) Una discusión la iniciamos en su día en Antonio MALPICA CUELLO: Granada, ciudad islámica. Mitos y realidades. Granada, 2000. Ha habido algunas respuestas, no específicas la mayor parte de las veces, como ejemplo: Andrés M. ADROHER AUROUX y Antonio LÓPEZ MARCOS (eds.): Excavaciones arqueológicas en el Albaicín (Granada). I. Callejón del Gallo. Granada, 2001.
(37) Ángel RODRÍGUEZ AGUILERA: Granada arqueológica. Granada, 2001, pp. 71-72.
(38) Antonio MALPICA CUELLO: «Granada, ciudad islámica: centro histórico y periferia urbana». Arqueología y territorio medieval, 1 (1994), pp. 195-208.
(39) Daniele MANACORDA: Archeologia urbana a Roma: il progetto della Cripta Balbi. Florencia, 1982.
(40) Así ha titulado un libro suyo el mencionado Richard HODGES: Light in the Dark Ages. The rise and fall of San Vicenzo al Volturno. Londres, 1997.
(41) Chris WICKHAM: «Asentamientos rurales en el Mediterráneo occidental en la Alta Edad Media», en Carmen TRILLO (ed.): Asentamientos rurales y territorio en el Mediterráneo medieval. Granada, 2002, pp. 11-29.
(42) Chris WICKHAM: «Asentamientos rurales…», p. 17.
(43) Pierre TOUBERT: Les structures du Latium médiéval: le Latium méridional et la Sabine du Siècle à la fin du XIIe siècle. Roma, 1993.
(44) Miquel BARCELÓ y Pierre TOUBERT: L'Incastellamento: Actas de las reuniones de Girona (26-27 noviembre 1992) y de Roma (5-7 mayo1994). Roma, 1998. Y, cómo no, el importante y reciente libro de Riccardo FRANCOVICH y Richard HODGES: Villa to Village. The transformation of the Roman Countryside in Italy. C. 400-1000. Londres, 2003.
(45) Es fundamental en este sentido el trabajo realizado en Italia, del que tenemos un buen resumen y un serio debate en el libro ya citado de Riccardo FRANCOVICH y Richard HODGES: Villa to village…
(46) Un balance en Sonia GUTIÉRREZ LLORET: «De las civitas a la madina: destrucción y formación de la ciudad en el sureste de al-Andalus». IV Congreso de Arqueología Medieval Española. Sociedades en transición. Alicante, 1993, vol. I, pp. 13-35.
(47) Gian Pietro BROGIOLO y Sauro GELICHI: La città nell’alto medioevo italiano. Archeologia e storia. Roma-Bari, 20033.
(48) Como ejemplo de lo realizado se puede consultar Ricardo IZQUIERDO BENITO: Excavaciones en la ciudad hispanomusulmana de Vascos (Navalmoralejo, Toledo). Campañas de 1983-1988. Toledo, 1994.
(49) Manuel GÓMEZ MORENO: Medina Elvira. Granada, 1888 (reed. Granada, 1986), p. 13.
(50) Leopoldo EGUÍLAZ Y YANGUAS: Del lugar donde fué Iliberis. Madrid, 1881 (reed. Granada, 1987).
(51) Leopoldo TORRES BALBÁS: «Ciudades yermas de la España musulmana». Boletín de la Real Academia de la Historia, t. CXLI (1957), pp. 205-218.
(52) Leopoldo TORRES BALBÁS: «Ciudades yermas...», p. 207.
(53) Manuel GÓMEZ-MORENO M[ARTÍNEZ]: «De Iliberri á Granada». Boletín de la Real Academia de la Historia, t. XLVI (1905), pp. 44-61.
(54) Manuel GÓMEZ MORENO: Medina..., p. 17.
(55) Mauricio PASTOR MUÑOZ y Angela MENDOZA EGUARAS: Inscripciones latinas de la provincia de Granada. Granada, 1987, pp. 51-52.
(56) Manuel GÓMEZ MORENO: Medina..., p. 17.
(57) Manuel GÓMEZ MORENO: Medina..., p. 17 y Mauricio PASTOR MUÑOZ y Angela MENDOZA EGUARAS: Inscripciones latinas..., pp. 287-288.
(58) Carlos CANO PIEDRA: «Estudio sistemático de la cerámica de Madinat Ilbira». Cuadernos de la Alhambra, 26 (1990), pp. 25-68, y «La cerámica de Madinat Ilbira», en Antonio MALPICA CUELLO (ed.): La cerámica altomedieval en el Sur de al-Andalus. Granada, 1993, pp. 273-283.
(59) Carlos CANO PIEDRA: Cerámica hispanomusulmana decorada con cobre y manganeso sobre cubierta blanca. Granada, 1992. Tesis doctoral inédita.
(60) Manuel ESPINAR MORENO, Juan José QUESADA GÓMEZ y José AMEZCUA PRETEL: «Medina Elvira. 4. Anillos romanos y visigodos de la necrópolis de Marugán y alrededores». Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada, XXV (1994), pp. 149-164.
(61) Ángel RODRÍGUEZ AGUILERA: «El yacimiento arqueológico de Madina Ilbira (Atarfe. Granada)». Bibataubín, 2 (2001), pp. 63-69. Debemos de agradecer al autor, director de la intervención de urgencia, que nos invitara a visitar la excavación y que nos la mostrara con detalle.
(62) Antonio MALPICA CUELLO, Antonio GÓMEZ BECERRA, Alberto GARCÍA PORRAS y Juan CAÑAVATE TORIBIO: «Intervención arqueológica de urgencia en el Cerro del Sombrerete, Madinat Ilbra (Atarfe, Granada)». Anuario Arqueológico de Andalucía, 2000 (en prensa).
(63) Nos referimos en concreto a Turrus (Miguel JIMÉNEZ PUERTAS: «Contribución sobre el poblamiento rural de la tierra de Loja (Granada): Turrus y al-Funtin». Arqueología espacial, 21 (1999), pp. 209-233.
(64) Se trata del yacimiento de La Verdeja, en el actual término municipal de Villanueva de Mesía (Granada), excavado por José Javier Álvarez García y Flor de Luque Martínez, a quienes agradecemos su gentileza por informarnos y permitirnos visitar la excavación.
(65) Remitimos al trabajo de Antonio MALPICA CUELLO: «Garnata y Madina Garnata». De al-Andalus a la sociedad feudal.Veinte años de Al-Andalus. Homenaje a Pierre Guichard. Granada-Valencia, 1996 (en prensa).
(66) Pierre GUICHARD: «Les villes d’al-Andalus et de l’Occident musulmans aux premiers siècles de leur histoire. Une hypothèse récente», en Patrice CRESSIER y Mercedes GARCÍA ARENAL (eds.): Genèse de la ville islamique en al-Andalus et au Maghreb occidental. Madrid, 1998, pp. 37-52.
(67) En el verano d

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Comentarios

1

may


jalate el ojo de pulpo
Comentario realizado por frank. 24/4/06 17:40h
2

ingeniero


esta muy buno
Comentario realizado por wilmer. 16/7/06 20:07h
3

El patrimonio arqueológico andalusí en Granada


como siempre que haces algo con ganas.. genial
Comentario realizado por el centinela. 19/1/07 14:33h
4

La Verdeja es Hueteña


Simplemente me gustaría hacer un inciso. El yacimiento de la Verdeja esta escabado sobre suelo hueteño como todo el mundo sabe, si bien esta justo al lado del nucleo de población de Villanueva de Mesia.
Es curioso que si buscas información en la red a cerca del Cerro de la Mora, parece que esta situado en Villanueva, cuando es en Moraleda... bueno, cosas de la vida.
Comentario realizado por Juan Pedro Ruiz. 21/2/07 1:46h
5

rae.es


"escabado" 0_0 ...Juan Pedro salao! sólo te ha faltado escribirlo con h. Un aplauso
Comentario realizado por Astúrico. 24/3/07 6:46h
6

hescabao


Todos los asturianos sois tan estupidos? Prefiero leer textos en castellano antiguo cuando la grafia era algo libre y el lenguaje un medio de comunicación, no de estúpida mofa del que se cree mejor por seguir unas obsoletas reglas.

Dicho esto... el artículo poco comentario me merece.
Ala, con dió!
Comentario realizado por Pelayo ha muerto. 26/4/07 10:08h

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