Espacio rural y regadío en el Reino Nazarí

Carmen TRILLO SAN JOSÉ. Profesora Titular del Departamento de Historia Medieval y CC.TT.HH de la Universidad de Granada.
21/11/04

ESPACIO RURAL Y REGADÍO EN EL REINO NAZARÍ (*)

I.- Orígenes del regadío en al-Andalus.

Para entender como se desarrolla en el regadío en la Península Ibérica hemos de remontarnos a lo que sucedía en la Antigüedad clásica y también, en cierto modo, a la Europa feudal. Ambas se basaban, como se verá, en el secano.

Los romanos eran grandes ingenieros hidráulicos. Muchas de las técnicas que conocían provenían de sus contactos con Persia y ésta, a su vez, de China, tales como la noria, el cigüeñal y el qanat. Su ámbito de aplicación fue, sobre todo, la ciudad. Esta era el elemento base de la civilización antigua desde el punto de vista político (representación del Estado), social (allí residían las élites del gobierno), económico y cultural. Garantizar su abastecimiento era una obligación del Estado y la forma de hacerlo era monumental (grandes acueductos y presas), manifestando a todos su poder y su necesidad de reclamar impuestos.

En el campo, en cambio, la situación era diferente. El suministro hidráulico era imprescindible para las viviendas, pero no para los cultivos. Estos eran sobre todo el cereal, la vid y el olivo, que constituían la tríada mediterránea. Procedían del ecosistema mediterráneo desde hacía miles de años y se encontraban adaptados a su clima. Para crecer y madurar les era suficiente con las lluvias estacionales, de primavera y otoño. Columela menciona como objeto de riego los huertos se beneficiaban de las aguas sobrantes de las casas y los prados.

El sistema de explotación del cereal era extensivo, normalmente de año y vez o con descansos más prolongados en el caso de malas tierras, y la productividad baja.
En el Occidente medieval este tipo de agricultura se intensifica a partir del siglo XI, con el desarrollo de nuevas técnicas y de la rotación trienal, que permitía la obtención de dos cosechas cada tres años.

Mientras en la Península Ibérica la evolución fue diferente, al menos en el área ocupada por los musulmanes. En su expansión Este-Oeste trajeron plantas de climas tropicales y subtropicales. Estas crecían bajo los factores de calor y humedad y para adaptarse al clima mediterráneo necesitaban ser regadas. El regadío, imprescindible, en principio, para las nuevas especies botánicas acabó desarrollándose también para los cultivos tradicionales (cereal, vid y olivo). De esta forma, se conseguía una seguridad en la cosecha, que ya no estaba tan expuesta a las sequías y un incremento de la productividad. Así, por ejemplo, una comparación somera entre los distintos tipos de agricultura mencionados hasta ahora nos permite ver la diferencia en este aspecto. Así, para el sistema romano o bienal eran necesarias unas 9 has. de ager (zona cultivada) y otras tantas de saltus, es decir un total de 18 has. para la supervivencia de una familia. En el mundo feudal, con la agricultura trienal, se precisaban sólo 3 has. de área de cultivo. Finalmente, en el reino nazarí, heredero de al-Andalus, vemos que la media más frecuente de propiedad, en las zonas que se han podido analizar, es igual o inferior a 7 marjales, es decir, menos de 1/3 ha. Aunque no tengamos en cuenta la calidad de la tierra estos datos pueden darnos una aproximación del cambio que significó la generalización de la irrigación. Uno de los motivos que lo explica es que en la agricultura de secano el descanso de la tierra era imprescindible para que ésta recuperara sus nutrientes, mientras que en la de regadío, el agua era un fertilizante suficientemente potente como para prescindir del barbecho. Esto no significa, sin embargo, que no hubiera secano en al-Andalus, al contrario, la organización agrícola permitía una sabia combinación de ambas áreas.

Para el desarrollo de la irrigación a gran escala, los árabes utilizaron técnicas ya conocidas por los romanos, pero combinadas ahora de formas diferentes y, salvo la excepción de algunos palacios y ciudades (Madina Azahara en Córdoba o la Buhayra de Sevilla), carecían de la monumentalidad de la época antigua. Si los romanos habían sido grandes ingenieros hidráulicos, los andalusíes eran jardineros.

II.- Organización del espacio agrícola.

Para comprender el papel del regadío en el mundo rural hay que conocer cómo se organizaba el espacio agrícola. Baste decir, en primera instancia, que cada área, es decir, el regadío, el secano y el monte, eran complementarias la una de la otra, económica y jurídicamente hablando.

El territorio de una alquería estaba formado por dos tipos de tierras: apropiadas o mamluka y no apropiadas o mubaha. Estas ultimas se subdividían en el área comunal o harim y las tierras mawat o muertas.

Empecemos a analizar el funcionamiento de los terrenos no apropiados o mubaha. Como hemos señalado los había de dos tipos, aquéllos que eran de aprovechamiento comunal y los que no eran de nadie y, por tanto, susceptibles de apropiación.
El harim o zona comunal era un espacio del que era dueña la comunidad de la alquería. Estaba dedicado a aprovechamientos comunes, como el pasto para el ganado. A veces toda la aljama pagaba a un pastor para tal menester. También servía para la recogida de frutos silvestres, caza, carbón, madera, leña, etc. No podía ser enajenado individualmente, a no ser con acuerdo de toda la alquería de proceder a tal reparto. Algunas fatua/s andalusíes se refieren a esta circunstancia.

Generalmente, a pesar de que cada aldea disponía de un harim, había libre acceso a él por parte de las otras vecinas. Es lo que se llama la comunidad de términos o pastos que está documentada en muchos lugares del reino de Granada. Las alquerías podían llevar sus ganados a los pastos de otras sin ningún impedimento, quizás siguiendo el hadith del Profeta, según el cual, “la hierba, el agua y el fuego son comunes a todos los musulmanes”. Cuando los cristianos llegaron sólo pudieron mantener esta situación durante un tiempo y después de la rebelión de 1501, cuando los musulmanes perdieron el derecho a sus usos y costumbres, se impuso la división de términos. La razón es que mientras los nazaríes no tenían una cabaña ganadera importante los castellanos si, y su entrada y salida de los términos de otras poblaciones podía ocasionar conflictos.

A pesar de esta flexibilidad para entrar en los territorios de otras alquerías, no podemos olvidar que éstas tenían definido un espacio como propio. Cuando por razones extremas, en especial una sequía, había escasez de pastos, cada comunidad tendía a cerrar su harim e impedir el paso de otros pueblos vecinos. En esta gestión se mostraban completamente autónomos del poder central, tal y como lo demuestran los documentos nazaríes del Cenete.

Las tierras de nadie o mawat eran apropiables por vivificación. Representaban un caudal de tierras, inicialmente propiedad de Dios, que Este había dado a la comunidad musulmana, y suceptibles de ser apropiadas individualmente. La propiedad se mantenía bajo ciertas condiciones: no podían ser vendidas y se perdía si se abandonaba su cultivo durante 3 años. Constituían, sin embargo, una reserva de tierras esencial para que los campesinos mantuvieran la posibilidad de ser propietarios y, en consecuencia, su libertad.

La apropiación de tierras mawat esta documentada en el reino nazarí en varios lugares: en Montejaque y Cortes (Málaga), en Guájar Alta y en el Cenete.
Las nuevas tierras adquiridas por este procedimiento podían ser de secano o regadío. En este último caso se debía a que habían encontrado un acuífero y realizado obras para conducirlo allí. Más habitual era que las mawat fueran una reserva de tierras utilizadas sólo cuando había necesidad de ampliar el espacio cultivado, cuando por la razón que fuese (aumento demográfico, sequía, etc.) no hubiera suficiente con el regadío. En el caso de que se mantuvieran de secano se ve en el reino nazarí que en los lugares costeros se utilizaron para cultivos especulativos, mientras que en los más interiores y alejados del litoral podría haber habido cereal. En el caso concreto de Almuñécar, la totalidad del área no irrigada se orientó hacia la vid, para la producción de pasa, que a veces se combinaba con la higuera (“viña higueral”) o con el almendro.

Las tierras mamluka eran las auténticamente apropiadas, objeto de compra-venta y herencia. Se ubicaban en las proximidades de la alquería y hay motivos para pensar que coincidían básicamente con el regadío. En ciertos lugares, además, éste era la única zona cultivada.

¿Cómo se organizaba? Dos elementos lo conformaban: la tierra y el agua. Del primero tenemos información sobre todo de los repartimientos y de los libros de habices a finales del siglo XV y, excepcionalmente, de documentos árabes o árabes-romanceados.

La forma en que se organiza el espacio agrario es la misma que tiene de hacerlo la sociedad. En el caso de al-Andalus sabemos que la sociedad era clánico-tribal, es decir, organizada por grupos familiares y tribus. Tenían en cuenta sobre todo el parentesco agnático y eran endogámicas. En el siglo XI, Ibn Hazm nos informa de un espacio peninsular musulmán organizado en cierta forma por tribus, salvo algunas excepciones. No sería extraño que el tejido urbano y el ámbito rural siguieran esta misma estructura. Pocos datos hay para confirmar esto. Algunas noticias en las fuentes árabes nos permiten pensar que en algún momento las ciudades se organizaban de forma gentilicia. Asimismo es posible que pasara en cuanto a la tenencia de tierras. Solo esto puede explicar que existieran turnos gentilicios de agua, como se ha documentado en la Granada nazarí, y que éstos se hayan mantenido en algunas regiones del norte de Africa.

Sabemos, por ejemplo, que quedan restos de esta disposición gentilicia de las tierras en la Vega de Granada, de Chauchina, en 1492. Aquí, el 40% de ellas estaba en manos de grupos familiares. Y todavía en esta alquería sus vecinos reconocían la presencia de grupos familiares.

Por lo demás, sabemos que, en general, la parcelación es muy pequeña. En Almuñécar el 90% inferiores a 4 marjales. Los lotes de terreno agrícola eran también pequeños en la Alpujarra, de entre 5 y 10 marjales, más o menos.

En cuanto a la propiedad de la tierra, la pequeña está muy extendida. En Almuñécar, el 70% de los propietarios disponen de haciendas inferiores a 7 marjales. Incluso en un ámbito supuestamente aristocrático como Aynadamar el 90% de los cármenes eran inferiores a 15 marjales, y el 48% a 7 marjales. La documentación indica que esta pequeña propiedad estaba dedicada sobre todo al policultivo que garantizaba el consumo sin necesidad de acudir al mercado. No obstante, el excedente se llevaba a los zocos próximos, generalmente semanales que existían tanto en el ámbito rural como periurbano.

Esto no significa que la gran propiedad estuviera ausente. En primer lugar, el rey es un gran propietario. El segundo rey de la dinastía nazarí, Muhammad II, ya se dedicó a la vivificación de tierras muertas para aumentar su patrimonio. Como se ha puesto de manifiesto este incremento de bienes raíces por parte de los emires se debía al deseo de tener una fuente de riqueza sin tener que aumentar los impuestos. El aumento de los tributos era uno de los temas más controvertidos en al-Andalus, debido entre otros motivos a que debía ajustarse a unos cánones coránicos. Sabemos además que en época nazarí el rey vendía tierras a los alcaides y alguaciles como pago por deudas.

También tenemos datos en el caso de Chauchina y El Jau de que los alcaides de ambas poseían en sendos casos el 20% del terreno de regadío.

Igualmente, en Almuñécar se observa una jerarquización de propiedad rural, pues si bien hemos señalado que había muchos pequeños propietarios (el 70%) también es cierto que éstos tenían sólo el 30% del área irrigada. Había medianos, de entre 7 a 20 marjales, y también propietarios más acomodados, de 20 a 60 marjales.

Algunas dudas se presentan, sin embargo, sobre el funcionamiento de esta gran propiedad. El primero es la impresión de que el policultivo era la nota dominante. Ni siquiera en Almuñécar documentamos una importante extensión de la caña de azúcar. Si hubiera habido una gran propiedad plenamente asentada la tendencia al monocultivo de plantas con salida comercial hubiera sido mayor. En segundo lugar, una hacienda de este tipo necesitaría mano de obra arrendataria o asalariada. Si el campesino tenía posibilidad de adquirir tierras en propiedad a través de la vivificación de las mawat era más difícil quizás que se convirtiera en arrendatario. De todas formas, sabemos que los contratos en al-Andalus eran, en general, de corta duración y que las fatua/s, muy numerosas, en este tema, parecen decantarse por opiniones muy favorables a los renteros. Son sentencias que insisten en la necesidad de igualdad de condiciones entre el arrendatario y el arrendador. Aunque esto fuera la teoría no cabe duda de que es un reflejo de una realidad social.

En resumen, tenemos en época nazarí una destacada presencia de la pequeña propiedad, del policultivo de abastecimiento, lo que no impide el desarrollo mercantil, y una clase campesina que, aunque a veces es arrendataria, tiene contratos breves y puede disponer de las tierras muertas o mawat.

III.- El agua, el bien más preciado.

Para entender la agricultura de regadío hay que empezar señalando que en el reino nazarí la tierra irrigada tiene un valor muy superior al secano. En ocasiones el área cultivada queda restringida a la irrigada, siendo utilizada la que no lo está sólo de forma ocasional. Como ya se ha indicado además, el secano no tiene dueño y puede ser adquirido por quien lo pone en cultivo. Sobre el valor concreto que tenía uno respecto al otro podemos hacernos una idea gracias a las transacciones de tierras que se realizaron con motivo de la conquista. Concretamente, en las citadas alquerías de Chauchina y El Jau, cuyos terrenos fueron adquiridos de una sola vez por el regidor de Granada, Gómez de Santillán, en 1492, sabemos que el regadío era apreciado en 4,5 veces más que el secano.

Por todo lo anterior podemos deducir que el agua era esencial en la agricultura nazarí, ya que determinaba no sólo el valor de la tierra sino también la forma de propiedad y explotación.

El agua era el elemento de la naturaleza más preciado entre los árabes. En el Corán recibe un tratamiento particular, estando especialmente ligado a la divinidad. El agua precede a la creación, lo seres vivos nacen de ella, y Allah tiene su trono en ella.
¿Cómo era utilizada? Obviamente seguía unas normas generales, islámicas, por un lado, y más estrechas y ligadas a la comunidad gestora, locales, por otro.

El hadith del Profeta según el cual “el agua, la hierba y el fuego son comunes a todos los musulmanes” no explica toda la variedad de situaciones que se dan en la apropiación de los recursos hidráulicos.

Las normas generales atienden a un factor fundamental, como es el caudal disponible. Si se trata de un río grande la capacidad de extraer agua de él pertenece a cualquier musulmán. En el caso de cursos fluviales medianos, pero con suficiente caudal como para no necesitar la implantación de azudes o presas para regar, el derecho corresponde en primer lugar a los ribereños, y en segundo término a otros más alejados de la orilla, siempre que no perjudiquen a los primeros. En último lugar estarían los ríos de escaso volumen en los que la aplicación de unas reglas de uso era imprescindible. En este caso se entiende que el aprovechamiento queda limitado a los asentamientos de los márgenes. La preferencia en el riego se establecía de arriba abajo. Los malikíes añaden una cláusula más a esta normativa estableciendo que es la población más antigua la que tiene prioridad sobre la más reciente y que, en caso de ser coetáneas, se atiende al criterio de ubicación de arriba abajo.

La pregunta es si se aplicaban realmente estos principios en al-Andalus. Varias fatua/s referidas a Occidente islámico, recogidas en el siglo XV por al-Wansarisi (m. 1508) muestran que se utilizaban en la regulación del riego.

Las fuentes siguen un régimen similar, aunque como casi siempre en ellas el caudal es escaso, suelen ser aprovechadas por un solo núcleo o por dos, pero atendiendo al criterio mencionado para los ríos de poco volumen.

Finalmente, los pozos, qanat/s y fuentes artificiales se acepta que sean de propiedad privada, puesto que ha sido necesario un trabajo concreto para obtener el agua. No obstante, también están sometidos a ciertas limitaciones exigidas por las necesidades públicas.

Finalmente, entramos en lo que sería la distribución del agua. Este es un bien especialmente ligado a la comunidad que la gestiona, como la tierra, de manera que según sea la estructura social será la forma de asignación de turnos de riego. La forma en que se establecía el reparto era decidida por la propia aljama, de común acuerdo, ya que generalmente los vecinos eran copropietarios del agua.
Algunas fatuas y documentos castellanos nos permiten pensar que, como copropietarios, los vecinos establecían un veto a los forasteros que, dueños de tierras, querían adquirir agua en la alquería. Así, unos vecinos de Granada, de profesión tintoreros, que compran terrenos en Beiro, no tenían, sin embargo, derecho a regar hasta que no lo hicieran todos los habitantes del pueblo, o bien comprando el líquido elemento. Esta era una forma de conservar el agua, el bien más preciado para la comunidad propietaria.
En el Alto Atlas, en fechas recientes, la enajenación de una parte de agua por parte de un miembro del grupo familiar se consideraba más grave que la pérdida de tierra. En cierta forma existe la idea de que el turno de riego actúa como una red que mantiene junta la tierra de la familia extensa. Se produce así una identificación entre agua y turno gentilicio.
Podemos pensar que la primera forma de reparto de agua fue gentilicia, es decir, de asignación de los turnos a los grupos familiares. Estos seguramente en el inicio de su establecimiento tenían las tierras en común o juntas. Este sistema se ha mantenido en la actualidad en lugares del mundo islámico tan alejados como Palestina y el Alto Atlas. Esto nos hace pensar que podía haber sido la primera manera de organización del agua. Para ello era imprescindible, al menos en el comienzo que la tierra a regar estuviera junta o muy próxima entre sí, ya que de otra forma hubiera sido inviable.

Este sistema está documentado en el área periurbana de la Granada nazarí, en Beiro, en 1334. Si un sistema tan primitivo se ha conservado tanto tiempo significa que los cambios en el ámbito rural fueron muy lentos. También se puede deducir de ello que los grupos familiares mantuvieron suficiente unidad como para reconocerse en el espacio y en el uso de un turno de riego.

Las tierras, sin embargo, podían llegar a separarse como resultado de compra-ventas, dotes y herencias. Para evitarlo los clanes aplicaban diferentes estrategias, tales como no dotar ni dar herencia a las mujeres en inmuebles. La razón es que los hijos de las féminas no pertenecen al grupo familiar, mientras que los de los varones sí. También había mecanismos para invalidar las ventas o dar preferencia en la compra a los parientes.

A pesar de todo la tendencia del patrimonio rural de los clanes era fragmentarse y dispersarse. Si la separación de las parcelas no era excesiva todavía se aplicaba el riego gentilicio según sabemos que ocurría hasta en la actualidad en el Alto Atlas. Esto significa que la acequia hacia un largo recorrido sin evacuar para hacerlo sólo en las parcelas del clan al que correspondía el turno de riego. Lógicamente había una pérdida de tiempo y de agua que, cuando, la dispersión de los lotes de tierra era excesiva hacía insostenible dicho sistema.

Por eso, a un área agrícola no clánica sino más individualizada correspondía la asignación de agua por pagos y dentro de ellos por parcelas, de arriba abajo por orden de continuidad espacial. Esta era seguramente la forma de reparto más extendida en el mundo nazarí, dado que los grupos familiares parecen haber perdido cierto vigor respecto al pasado. Está documentada también a finales del siglo XV, en las acequias que derivaban del Genil, como Arabuleila y Tarramonta.

Finalmente, los turnos podían venderse. Seguramente este procedimiento se podía aplicar en cualquier momento, aun manteniéndose los dos sistemas anteriores. La compra-venta de agua se generalizó después de la conquista del reino de Granada, cuando se produjo una acumulación de tierras en pocas manos.

Hemos visto la asignación social y espacial del agua, pero queda por señalar como éra su gestión desde el punto de vista cronológico. Generalmente durante el invierno no era necesario un control de las acequias y el caudal se tomaba con total libertad, ya que era sobrante. Era en verano cuando se aplicaba una normativa estricta. Si el año había sido especialmente seco se comenzaba a regar en el mes de abril. La fecha del estío elegida para la aplicación de los turnos correspondía al calendario cristiano que era fijo respecto a las estaciones. No podía serlo del almanaque islámico por ser lunar y, por tanto, móvil en relación con los ciclos climáticos anuales. Se eligió una fecha cristiana, fácilmente aceptada por los musulmanes. Se trataba de San Juan, una fiesta astronómica (marcaba el solsticio de verano), cristiana y musulmana (Yahya b. Zakariya). Se celebraba de diversas formas desde época emiral, pese a las indicaciones de los alfaquíes sobre la inconveniencia de llevar a cabo este tipo de conmemoraciones. Ya en el siglo IX están documentadas las prácticas de hacer hogueras, y una centuria más tarde las carreras de caballos en Córdoba. En el siglo XI se practicaban estas mismas en la plaza Birrambla, que entonces era el límite de la ciudad.

Finalmente, en cuanto a la manera de marcar los turnos de riego, sabemos que se utilizaban las oraciones musulmanas para ello. De esta forma, el regadío se integraba en la cultura islámica.

NOTAS

(*) Conferencia impartida en las "Jornadas Ambientales de Huétor Vega" (Granada). Octubre 2004

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Comentarios

1 Qué mona va esta chica siempre ¡¡
Comentario realizado por Álvaro. 20/8/06 5:56h
2 Sí, la verdad es que tiene algo....
Comentario realizado por Mirón. 20/8/06 16:03h
3

la autogestión


El caso del manejo del agua es extraordinario.
Cada uno de los usuarios es independiente y dependiente de otros dentro del sistema en el cual esta inmerso y es complejo entender estos casos sin no sabemos su historia, es interesante tu trabajo,
Comentario realizado por roberto. 4/9/06 15:54h
4

Se sale


Hombre, va mona y es mona, le faltan unos potajitos con chorizico y se pondría más lozana.

Vivan los regadios de Huétor!!!!!!!!!!!
Comentario realizado por Juan Pedro. 27/9/06 6:42h

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