Bienes Culturales entre la tutela y la investigación. Notas para un debate.

Riccardo FRANCOVICH. Catedrático de Arqueología Medieval de la Universidad de Siena (Italia).
6/11/04

BIENES CULTURALES ENTRE LA TUTELA Y LA INVESTIGACIÓN. NOTAS PARA UN DEBATE (1).



A pesar de que lleguen indicaciones de signo contrario, la oposición entre conservación y desarrollo que ha caracterizado los años de la recuperación posbélica en Italia parece haber entrado en crisis: los bienes culturales y ambientales en general y los recursos arqueológicos en particular, están contribuyendo a redefinir las políticas de desarrollo económico y social. El patrimonio cultural europeo actualmente se entiende como un recurso vastísimo, aunque “limitado” y por tanto asumido como tal, tanto por ser elemento vital para la puesta en valor del territorio como en las dinámicas de reconversión económica, eficaces sobre todo para la recalificación de amplias zonas en crisis.

Nos estamos adecuando a la convivencia con la materialidad de nuestro pasado de manera conflictiva, pero también constructiva. Hemos superado la fase “infantil” que en no pocos casos ha enfrentado a “conservadores” y “gestores” del territorio.

Los sujetos que reflejan de manera más concreta esta situación relativamente nueva (aunque no siempre adquirida) son generalmente los entes locales y las autonomías regionales, sensibles a las nuevas “necesidades”, además de los organismos de investigación (entre los que destaca la Universidad), que ven en la investigación aplicada y experimental un medio importante para trabajar científicamente y para crear las condiciones de eficacia de sus estudios en tiempo real.

A esta transformación objetiva se opone la rigidez cada vez mayor de las estructuras de gestión ( y en parte de la misma investigación), que constriñen el debate y el desarrollo de las inversiones en conocimiento y salvaguardia al angosto resquicio que deja la oposición entre los órganos centrales de tutela y las estructuras del gobierno local y de la investigación.

En estos términos, es absolutamente incomprensible que no se haya llegado a la conclusión clara de que la tutela del patrimonio arqueológico sólo es posible a través de la disolución de la disciplina legislada en materia urbanística y mediante su contextualización en un cuadro de valoración preventiva de los recursos arqueológicos. De hecho es en este contexto donde pueden evolucionar las contradicciones entre los arqueólogos de los órganos periféricos del Ministerio de Bienes Culturales y el conjunto de la sociedad civil de que hemos sido testigos en los últimos años. Baste recordar el célebre caso de la Plaza de la Señoría de Florencia, donde el desencuentro entre los arqueólogos de la Administración y la comunidad local ha sido violentísimo, en detrimento de una eficaz salvaguardia del patrimonio arqueológico y de la misma investigación.

En el ámbito de las estructuras de investigación, hay señales prometedoras que comienzan con la creación en Italia del Comité 15 del CNR (2), con el objetivo de conjugar tecnologías avanzadas y bienes culturales. Pero a pesar de ello la separación entre la investigación humanística y la investigación de las ciencias naturales –que se explica a través del retraso histórico de Italia, España y Grecia en el contexto europeo, con la escasa creación de laboratorios arqueométricos- ha propiciado que el potencial informativo de la estratificación arqueológica esté aún por explorar en sus aspectos paleoambientales (geomorfología, palinología), tecnológicos, antropológicos…etc (3).

La misma ampliación del potencial informativo de la estratificación arqueológica, también y sobre todo en sus aspectos medioambientales, en áreas de fuerte antropización durante un larguísimo arco de tiempo, hace que lo que se suele considerar una hipérbole, o sea que la superficie de nuestro continente es básicamente historia materializada, se acerque a la verdad. En particular corren peligro todos los asentamientos, los centros históricos y las áreas arqueológicas, con los territorios aledaños, que contienen los restos de un “paisaje” sujeto a grandes cambios, pero que no desaparece definitivamente nunca.

En estos últimos años el mismo patrimonio urbanístico, y no sólo el monumental, ha centrado el replique montre de luxe interés de los arqueólogos en el área que se define como “arqueología de lo construido” y que mira con atención la estratigrafía de los edificios, poniéndola en estrecha conexión con el depósito horizontal (4).

Ya no existe un método unívoco de hacer arqueología, ya que todos los días debemos vérnoslas con el “depósito arqueológico”, que en ocasiones tratamos como tal y otras veces ignoramos totalmente. La práctica arqueológica no se desarrolla solamente en los yacimientos prehistóricos, etruscos, romanos o en los castillos y asentamientos medievales, sino también dentro de las ciudades y de los espacios en que vivimos cotidianamente (5).

Los arqueólogos de campo deben pasar de ser estudiosos de un segmento reducido de la estratificación física, sedimentado con el paso del tiempo, a convertirse en programadores de estrategias de intervención capaces de valorar los diferentes tipos de informaciones que pueden emerger de los distintos sectores de intervención (desde el centro histórico a las áreas periurbanas). Su función es la de definir las muestras sobre las que operar, siendo conscientes de que no es posible conservar y estudiar todo y que el conocimiento arqueológico está ligado al conocimiento de la materialidad de la historia, que se obtiene en el momento mismo en que se “desmonta estratigráficamente”.patek philippe fake watches


Por tanto es evidente que debe cambiar el cuadro de la legislación arqueológica que selecciona sobre la base de hallazgos fortuitos, de periodizaciones realizadas a priori y de instrumentaciones analíticas ya datadas y caracterizadas por una hegemonía humanística. Me parece cada vez más evidente que una gestión correcta de los recursos arqueológicos no puede desarrollarse fuera de un cuadro general de política territorial, en el que el papel “externo” del “tutelador” no puede por más que aparecer como insólito, represivo y sin esperanza alguna de éxito.

Un ejemplo emblemático procede de las experiencias europeas de arqueología urbana. Hasta hace pocos años la arqueología en las ciudades se limitaba a identificar las fases de vida clásicas y no afrontaba los grandes problemas de las transformaciones de larga duración. Actualmente el interés se centra más en identificar los elementos de cotinuidad y de discontinuidad entre la ciudad antigua y la posclásica, por lo que la estratificación arqueológica urbana ha estado en el centro de mira. Y se han aprovechado las ocasiones ofrecidas por las grandes transformaciones edilicias de la segunda posguerra, sobre todo en las zonas destruidas por los bombardeos de las ciudades del norte de Europa, para recopilar la documentación que está sirviendo por un lado para rescribir de manera totalmente innovadora la historia de las ciudades, generalmente caracterizadas por una gran fase de “depresión” entre los siglos VI y XI, y por otro para mejorar la calidad de vida al poner en valor los restos del pasado.

En este caso la valoración de los recursos arqueológicos urbanos y las modificaciones experimentadas por las transformaciones de los siglos XVIII y XIX, la construcción de sótanos, aparcamientos…, etc, impone la creación de:

1 Una amplia cartografía del “riesgo arqueológico”.

2 Unidades de trabajo de campo capaces de definir estrategias de intervención de distintos niveles con métodos específicos para cada uno de ellos, abatiendo el mítico y mitificado lugar común que defiende que para excavar existe un solo método.

De todos modos cada vez es más evidente que la utilidad del trabajo arqueológico es directamente proporcional a la incidencia que tiene en las dinámicas económicas y sociales, y no es casualidad la inversión en los aspectos didácticos del trabajo arqueológico que se observa en los países en los que la salvaguardia de los bienes culturales resulta más eficaz. Desde luego la creación de mecanismos eficaces para conocer y conservar el pasado no se obtiene con actuaciones de urgencia o con actitudes represivas de bloqueo de las actividades de transformación. La experiencia inglesa, y sobre todo la desarrollada por el London Museum, nos muestra que sólo a través de la eficiencia y del diálogo con los entes locales, así como la creación de una normativa que tenga en cuenta las relaciones con entes privados, se puede llevar a cabo una política arqueológica que resulte productiva, tanto para el conocimiento como para la conservación. Y todo ello a pesar de que las tendencias más recientes de la política administrativa de aquel país están poniendo de manifiesto el riesgo de caer en una situación de liberación total, que pondría en entredicho la calidad –hasta el momento óptima- de los niveles standard de intervención.

En Italia, donde tenemos situaciones muy variadas y donde la arqueología urbana es practicada solamente en situaciones que acusan el influjo de la experiencia anglosajona, el esfuerzo de “manutención” a largo plazo y estudio de los recursos arqueológicos parece tener éxito, tanto en los grandes núcleos urbanos como en los pequeños centros históricos, sólo cuando pasa de una gestión centralizada, “de Estado”, a los entes de gobierno locales que actúan en cooperación con unidades de intervención arqueológicas y/o estructuras universitarias.

Para el medio rural existen métodos de construcción de cartografías arqueológicas y de identificación de los recursos que hacen posible la orientación de inversiones y el avance de propuestas urbanísticas coherentes con los recursos disponibles.

Los métodos analíticos deben partir de la hipótesis de una valoración del potencial arqueológico, que se realiza no solo sobre la base de los conocimientos adquiridos a través de estudios específicos de gran tradición, que han adoptado una organización y metodología ya muy consolidadas (áreas de excavación, análisis de superficie, cartografía histórica…etc). Se hace sobre todo utilizando los elementos de anomalía perceptibles en la lectura del territorio y localizados mediante las reproducciones fotogramétricas realizadas para la cartografía, o bien a través de la monitorización obtenida por las telecámaras espaciales (por ejemplo, el satélite Lancet). De este modo se propone como objetivo la obtención de resultados a mayor escala, regional o comarcal. Se pretende con ello obtener un cuadro general, innovador en ciertos aspectos, del poblamiento en espacios de tiempo largos, desde la prehistoria hasta época moderna, mediante el registro de los elementos de asentamiento que pudieran tener su “reflejo” en la gestión de la materia urbanística.

Una investigación llevada a cabo por el Departamento de Arqueología Medieval de la Universidad de Siena ha identificado como primer elemento cualificador, y al mismo tiempo macroscópico, el establecimiento del asentamiento de altura, una de las formas más características del poblamiento en la Toscana y centro del debate historiográfico que mantiene el medievalismo acerca de los problemas ligados al incastellamento. Los datos obtenidos en otras regiones estudiadas, como Umbria, son también de gran interés. A partir de todo ello se han identificado en Toscana más de 1500 asentamientos de altura (fortificaciones protohistóricas, castillos y fortificaciones medievales, estructuras fortificadas de época moderna); en Umbria un cálculo aproximado suma alrededor de 2000 asentamientos.

De este modo ha aparecido una cartografía de distribución de asentamientos que, aunque debe ser completada en términos de información y de definición cronológica, ofrece recursos sustancialmente desconocidos y generalmente ajenos a los proyectos de puesta en valor y tutela y presenta una entidad muy relevante en el cuadro de planes de desarrollo. Al mismo tiempo constituye un instrumento esencial para la valoración del dato con el que trabaja el arqueólogo.

Una lectura de “vuelos” replique omega distanciados en el tiempo ha puesto en evidencia una “erosión” notabilísima, debida, en algunos casos, por ejemplo, a una reforestación que tiende a borrar las trazas del asentamiento. De este modo se han revelado eficaces a la hora de definir una materia legislada.

Tras reconocimientos y prospecciones más detalladas, con análisis posteriores de los materiales hallados en superficie, los datos de anomalía han demostrado que el margen de error al identificar una “anomalía” natural como área de asentamiento no supera el 5%.

La catalogación de asentamientos de altura a través de este método “macroscópico” de fotointerpretación aérea, ofrece un cuadro general del potencial arqueológico a nivel regional muy significativo, sobre todo para las fases pre-protohistóricas y medievales, que, a través de económicos sistemas de monitorización, puede convertirse en un instrumento útil no sólo para la investigación sino también para la gestión territorial.

Pero un método tan selectivo en términos de tipología de asentamientos relega a un segundo plano el poblamiento de época romana y en líneas generales las formas de asentamiento de llanura. Estos podrían ser tratados a partir de las interpretaciones de las fotos aéreas de valles y laderas, pero el trabajo emprendido en este campo por el Departamento de Arqueología e Historia del Arte de la Universidad de Siena no ha alcanzado la sistematicidad con que ha afrontado los asentamientos de altura. No olvidemos, además, que en este caso se trata de uno de los recursos con mayor riesgo, habida cuenta las tendencias de desarrollo urbanístico contemporáneo. No obstante en algunas experiencias europeas e italianas, el uso de vuelos con sistemas de radar y rayos infrarrojos han dado resultados de gran interés.

La fotointerpretación aérea de los asentamientos de llanura debe acompañarse de atentos reconocimientos de superficie con recogida sistemática de materiales. Todo ello para evitar “errores” del tipo constatado recientemente con ocasión de la intervención arqueológica (con un presupuesto de mil millones de liras) auspiciado por la región Veneto en el yacimiento de Eraclea, al norte de Venecia, donde los canales de saneamiento habían sido interpretados como elementos del entramado urbano. Además se debería llevar a cabo una lectura más analítica de las fotografías estereoscópicas y la realización de vuelos especiales del tipo ya citado, todo lo cual conlleva un no desdeñable incremento de costes. Se trata de actuaciones que deberían ser incluidas en los programas de desarrollo urbanístico y en los proyectos de grandes estructuras de servicio, que antes de su realización deberían comprobar las posibilidades de tocar grandes sistemas de asentamientos.

El registro completo de un yacimiento arqueológico, tanto de altura como de cualquier otro tipo, identificado a través de este método, aun siendo un importante y a mi entender imprescindible indicio, no se transforma en información segura sin una confirmación sobre el terreno que permita, por un lado, la valoración objetiva de su tiempo de ocupación, y por otro, la construcción de parámetros cronológicos a través de los “indicadores” cerámicos, o en todo caso a través de los materiales muebles encontrados en superficie.

Los datos adquiridos demuestran que se constata un incremento de más del 100% de las informaciones hasta ahora conocidas a través de los métodos de análisis tradicionales.

Sólo la elección coherente y consciente de los recursos, a la que se llega a través de metodologías integradas, puede contribuir a una gestión que optimice conservación y puesta en valor del patrimonio y la haga compatible con las inaplazables exigencias de desarrollo.

La ampliación del concepto de bien cultural ligado a una relación orgánica con la historia, más que con los valores jerarquizados y jerarquizantes de la tradición histórico-artística, ha llevado, en ámbito arqueológico, a considerar la posibilidad de aprovechar su valor como documento, algo que hasta hace pocos años no era ni lejanamente probable. Las consecuencias de ello resultan distorsionantes para los planes de tutela y ponen en marcha mecanismos económicos inusuales, hasta el punto de que representan un punto de referencia importante para la experimentación con técnicas de investigación aplicada de punta.

La misma difusión de la arqueología estratigráfica ha creado mecanismos innovadores de las “reglas del juego”, imponiendo la disolución definitiva de la separación histórica entre investigación humanística y “ciencias” naturales, al colocar nuevamente a los arqueólogos frente a problemas nuevos respecto a su tradición de estudios. Ello marca en la Europa meridional una neta diferencia respecto al resto del continente, merced al pavoroso retraso en la creación de laboratorios arqueométricos tanto centrales como periféricos.

Las perspectivas de investigación renovadas en los últimos decenios en el ámbito de la investigación arqueológica están contribuyendo a modificar profundamente el papel mismo del arqueólogo. Hoy debe enfrentarse a contextos de desarrollo acelerado, con problemas mucho más amplios respecto a las cuestiones que estaba acostumbrado a tratar. Esta nueva perspectiva está dando lugar en ocasiones a un cambio de escala en la investigación que permite afrontar de manera más eficaz las grandes problemáticas históricas y territoriales. Por su parte en Italia, al menos, la persistencia de una antiquísima legislación de tutela, de 1939, que impone un sistema de monopolio de la investigación experimental y equipara las universidades y estructuras de investigación a los ciudadanos privados, resulta un fuerte obstáculo al desarrollo de un potencial extremadamente rico e impide el crecimiento de la calidad de la investigación, de la valoración de los recursos y del avance a través de proyectos, que son, al fin y al cabo, el instrumento más sintomático del cambio de escala en el modo de operar de los arqueólogos.

NOTAS

(1) Publicado con el título «Beni culturali fra tutela e ricerca», en Coloquio Hispano-Italiano de Arqueología Medieval. Granada, 1992, pp. 83-86. Traducido por Adela Fábregas García.

(2) N. Del T. Centro Nazionale della Ricerca.

(3) Véase el reciente volumen de T. MANNONI y A. MOLINARI (a cura di): Scienze in Archeologia. Firenze, 1990.

(4) Véase el reciente volumen de R. FRANCOVICH y R. PARENTI: Archeologia e Restauro dei Monumenti. Firenze, 1988.

(5) Cfr. el número monográfico de Restauro&città, 2 (1985), dedicado a los temas de la arqueología urbana y de la restauración.

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