Territorio y explotación de la sal en el valle del Salado (Guadalajara) en época andalusí

Por Guillermo GARCÍA-CONTRERAS RUIZ. Becario FPU, Dpto. de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas, Universidad de Granada
17/3/10

El estudio de la organización del poblamiento ha de estar estrechamente relacionado con el análisis de la explotación del medio físico en el que se insertan los asentamientos. En este caso estudiamos el territorio del valle del Salado, río tributario del Henares situado al norte de Guadalajara, relacionando los lugares de hábitat con la explotación del principal recurso económico de la zona, la sal. Presentamos los resultados de la primera campaña de prospección arqueológica (2008), centrándonos siempre en el período andalusí (siglos VIII al XI)

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TERRITORIO Y EXPLOTACIÓN DE LA SAL EN EL VALLE DEL SALADO (GUADALAJARA) EN ÉPOCA ANDALUSÍ

Guillermo GARCÍA-CONTRERAS RUIZ
Universidad de Granada
Grupo de investigación «Toponimia, Historia y Arqueología del Reino de Granada»; Dpto. Historia Medieval y CC.TT.HH., Facultad de Filosofía y Letras, Campus de Cartuja s/n 18071 Granada
garciacontreras@ugr.es


Este artículo es un resumen del trabajo de investigación fin de Master publicado en la revista «Arqueología y Territorio», 6 (2009), pp. 211-224. La revista está disponible en Internet: http://www.ugr.es/~arqueologyterritorio/

Resumen

El estudio de la organización del poblamiento ha de estar estrechamente relacionado con el análisis de la explotación del medio físico en el que se insertan los asentamientos. En este caso estudiamos el territorio del valle del Salado, río tributario del Henares situado al norte de Guadalajara, relacionando los lugares de hábitat con la explotación del principal recurso económico de la zona, la sal. Presentamos los resultados de la primera campaña de prospección arqueológica (2008), centrándonos siempre en el período andalusí (siglos VIII al XI).

Palabras clave

Territorio, salinas, asentamientos, cerámica, al-Andalus


INTRODUCCIÓN

Este trabajo se inserta dentro del proyecto I+D «Organización del territorio y explotación de la sal desde la Tardía Antigüedad a la formación de la sociedad feudal en el área del Sistema Central: áreas de Guadalajara y Madrid» (HUM2007-66118/HIST), dirigido por Antonio Malpica Cuello. En concreto, pretendemos examinar una zona y un período específico de entre todos los posibles: el valle del Salado durante los siglos en que esta área quedó comprendida dentro de al-Andalus, del año 711 al 1124 aproximadamente. Se trata de un primer estudio basado fundamentalmente en la campaña de prospección arqueológica que se llevó a cabo durante el año 2008 bajo la dirección de Nuria Morère Moreno y Jesús Jiménez Guijarro y en el estudio cerámico que se ha realizado posteriormente. Junto a este trabajo, eminentemente arqueológico, se ha estudiado desde un punto de vista geográfico, sobre todo geomorfológico, el valle del Salado, prestando atención a sus especificidades edafológicas. El objetivo es, en todo momento, tratar de relacionar la abundancia de sal, históricamente explotada (MORÈRE 2008), con los asentamientos y lugares de hábitat fechados en época andalusí, tanto los ya conocidos como los de nuevo hallazgo, fechados por la cerámica recuperada en superficie. En definitiva, hemos tratado de movilizar el mayor volumen de información para acercarnos al territorio del valle del Salado en época andalusí, tomando en consideración también algunos datos de las fuentes escritas árabes, así como algunas referencias espigadas posteriores a la conquista.

LA SAL EN AL-ANDALUS

El examen general de la documentación de origen andalusí pone de relieve como la sal era un producto cotidiano presente en multitud de recetas de cocina, tratados farmacológicos, prácticas médicas o relacionadas con la higiene. Incluso es citada en los tratados agrícolas como parte de algunos compuestos para el abono de los campos (MALPICA 1996, 2005, GARCÍA-CONTRERAS, En prensa-a). Y sobre todo, es un producto que aparece estrechamente relacionado con la ganadería, tanto en sus rutas trashumantes como en la conservación posterior de las carnes (MALPICA, 2008a). No hay evidencia ninguna de que la sal fuese un producto escaso en al-Andalus y todo apunta a que la producción era fundamentalmente local, bien en los centros de la costa, cuyo origen se puede rastrear hasta época romana o incluso anterior, o bien en las salinas de interior, de probable origen andalusí por sus características próximas a la agricultura de regadío o por la presencia de topónimos de origen árabe (QUESADA, 1995).
Desde el punto de vista más estrictamente arqueológico, el problema para las salinas de al-Andalus es que no se han documentado estructuras pertenecientes a un centro de producción de sal que pueda fecharse con absoluta seguridad para este período. Viendo los diversos usos que se le daban a la sal, y especialmente su presencia en la cocina o en otras actividades domésticas, no cabe duda que en al-Andalus debía haber un abastecimiento de sal suficiente. Dadas las buenas condiciones geológicas y climáticas de la Península Ibérica, es fácil pensar que su obtención se producía localmente, sin necesidad de exportarla de otras zonas Europeas o del Mediterráneo. Tenemos constancia, por menciones en distintas fuentes, de que los andalusíes explotaban las salinas en la costa de Cádiz, Almería, Alicante e Ibiza, así como algunos centros salineros que se han considerado de carácter más minero, como es el de Zaragoza. En uno y otro caso, son los mismos núcleos de explotación tradicional en España y de los que hay bastante documentación a partir de la conquista castellana (VALLVÉ, 1980:220; GUAL, 1965). Pero estos centros salineros que son citados, mineros y costeros fundamentalmente, parecen, en cualquier caso, insuficientes para abastecer a todo al-Andalus. Debido a las especificidades geológicas y climáticas de la Península Ibérica, las salinas de interior son muy abundantes, y han sido históricamente las de mayor explotación, y sin embargo están prácticamente ausentes en las menciones de los geógrafos del período andalusí. Quizás se deba a su carácter de producción a pequeña escala y eminentemente campesina, frente a la producción mayor que se obtendría de las salinas costeras y las mineras que, tanto por requerir una mayor inversión inicial como por su mayor rendimiento fueron objeto de atención de aquellos a quienes servían los documentos escritos.
Las salinas de interior, como es bien conocido, son instalaciones eminentemente hidráulicas a base de canales y balsas de poca profundidad en las que provocar la evaporación del agua para permitir la concentración de la salmuera. En el momento en el que estas instalaciones dejaran de usarse, y de recibir el necesario mantenimiento, se perderían como infraestructura, quedando en el mejor de los casos la huella impresa en el paisaje. En otros casos, al convertirse en lugares de éxito productivo mantenido durante los siglos posteriores, las reformas y readecuaciones impiden reconocer las trazas de las construcciones originales, tema que en cualquier caso está pendiente aún de estudio.
Estamos, por tanto, ante toda una serie de problemas de difícil resolución, pero que, dada la importancia que debió tener la sal en al-Andalus, se convierte en un tema de gran interés histórico. Por ello ha sido necesario buscar nuevas estrategias para su investigación. Debemos a Tomás Quesada, y sobre todo a Antonio Malpica, el haber abierto nuevas formas de investigación para la salinas en al-Andalus. Ambos han señalado que como la explotación de todos los recursos naturales, dejan una huella en el paisaje y determinan, en mayor o menor medida, la organización del hábitat a su alrededor, por sí mismas y en relación con otros recursos, como la agricultura, y otras necesidades, como la defensa o las vías de comunicación. Se trata de integrar la sal dentro de los estudios que se hacen desde la arqueología espacial o la arqueología del paisaje, con un fuerte contenido geográfico y antropológico, y con un tiempo histórico de larga duración, ante la imposibilidad de precisar la cronología tanto como se hace desde el estudio de las fuentes escritas (QUESADA 1995, MALPICA 2005, 2008a y 2008b). Desde esta forma de estudiar las salinas, se integran todas las fuentes posibles, Arqueología, fuentes escritas incluso las posteriores a la conquista cristiana, toponimia etc., Se trata de poner en relación los centros de hábitat con los espacios de trabajo, agrícolas, ganaderos o pesqueros, y sobre todo relacionar a ambos con el medio físico en el que se insertan y la forma en la que el hombre se relaciona con la naturaleza.

EL MARCO FÍSICO DEL VALLE DEL SALADO

Esta metodología es la que hemos intentado aplicar al caso concreto del valle del Salado, situado en la sierras del norte de Guadalajara. Se trata de una región históricamente volcada hacia la sal, producto que ha sido explotado desde épocas remotas lo que ha motivado una serie de transformaciones en el paisaje e incluso la misma organización del hábitat (MORÈRE, 1991, 2008). La cuenca del valle del río Salado está ubicada en las cuencas terciarias del norte de la provincia de Guadalajara, y administrativamente se sitúa entre los municipios de Atienza y Sigüenza. Como todo el noroeste peninsular, los terrenos están formados por depósitos de margas, yesos y arcillas con un alto contenido en sal, sobre los que se elevan los niveles de calizas y areniscas que conforman la comarca de las sierras. Es el sistema de montaña lo que define, fundamentalmente, el conjunto norte de Guadalajara, aunque nosotros prestemos atención esencialmente al valle. Y es que el territorio que estudiamos constituye el área de enlace de dos importantes sistemas montañosos, ya que forma parte a la vez el extremo en del Sistema Central y la terminación noroeste de la rama occidental de la Cordillera Ibérica. Todo este espacio, que de forma más amplia forma parte de la sierra norte de Guadalajara, ha sido definido desde un punto de vista geomorfológico como la «paramera de Sigüenza» (VÁZQUEZ, 1991). La morfología predominante es la de los páramos, superficies elevadas de culminación aplanada. Sin embargo, en el centro se dispone una franja quebrada y movida, el «Cinturón o Corredor Central de Atienza-Sigüenza», que se define, ante todo, por no ser paramera, a diferencia de los terrenos que lo circundan. Se trata del valle por el que discurre el río Salado, del que nos ocupamos en este trabajo. Este valle, por lo tanto, rompe y fragmenta la Paramera, que de esta forma se individualiza en unidades aisladas: al norte, la Paramera de Barahona; al este, la Paramera de Medinaceli y Sierra Ministra —que de hecho es otra Paramera— y, cerrando al sur y al oeste, la Paramera de Baides (VÁZQUEZ, 1991:28). Las diferencias de cotas en el valle no son excesivas, entre 150 m y 200 m, pero el relieve, muy fragmentado y compartimentado, resulta movido. Las culminaciones de las zonas elevadas, con una notable uniformidad, se sitúan a cotas similares a las de las vecinas parameras (1050-1200 m).
Todo el conjunto de este valle presenta un peculiar trazado en zig-zag, al que se adapta el propio río del Salado, conformado por varios tramos que podemos individualizar de norte a sur: el valle de Bochones, el valle de Los Prados o de Atienza, el valle de Paredes, el valle de Valdelcubo, el valle de la Riba, el valle del Salado-Vadillo, el valle del Atance y el valle de la Paramera de Baides.
Todas las tierras arcillosas del norte de Guadalajara son surcadas, en sentido más o menos norte-sur, por distintos ríos, siendo el de mayor importancia el Henares, del cual el río Salado es tributario. Su nombre indica su principal característica: desde sus orígenes, en torno a La Laguna de «El Madrigal», discurre cargado de sales en disolución procedentes del tajo que el curso de las aguas produjo en las arcillas del Keupper, masivas y primordiales de este territorio. Esta salinidad condiciona la vegetación halófila, de escaso porte y no muy diversificada ralea así como la propia productividad de los suelos, aún cuando no presenta incompatibilidad con el desarrollo de las tareas agrícolas. Más bien al contrario, debido al elevado número de fuentes y manantiales de agua dulce que emergen en el contacto entre los suelos arcillosos inferiores y los superiores calizos.
El aprovechamiento de este recurso salino ha dado lugar a un buen número de construcciones para su explotación: las salinas. Responden al modelo tradicional, y en cierta forma endémico, que encontramos en la Península Ibérica: una serie de albercas de grandes dimensiones y poco fondo, realizadas en materiales muy básicos como adobe y mampostería, que sirven para almacenar el agua y provocar su evaporación con el objetivo de obtener la precipitación y concentración de la salmuera hasta que quede en grano, permitiendo una «cosecha» de la sal. Toda esta área ha generado unos paisajes particulares que, afortunadamente, han sido protegidos, si bien se presta más atención a los aspectos físicos y biológicos que a los patrimoniales.
La importancia económica de estas regiones salinas no radica únicamente en la producción directa de sal, sino que son importantes también los prados halófilos, ya que suministran hierba para el ganado con la suficiente sal para la correcta alimentación de los rumiantes. Unido al carácter serrano del medio físico, y al nudo de comunicaciones que supone todo este espacio no cabe duda la importancia que la actividad ganadera tuvo durante la Edad Media.
No obstante, no hay datos certeros de la producción de sal en esta área en época andalusí, aunque muchas parecen tener su origen más remoto documentado en el momento de la conquista castellana del territorio. Las salinas de estas tierras aparecen citadas desde el siglo XII prácticamente en todos los documentos que guardan relación con la comarca, especialmente en relación al señorío episcopal de Sigüenza. Dentro de estos paisajes, dos han sido los municipios que han capitalizado el protagonismo de toda esta región salinera desde un punto de vista jurídico y administrativo a lo largo de la Historia: Atienza y Sigüenza, situadas en los dos extremos últimos del propio valle del Salado, y ambas en la intersección de importantes vías y ejes de comunicación que facilitarían además el almacenamiento y la salida comercial de la sal. Especialmente importante en tal sentido es el caso de la ciudad seguntina, quien emerge a partir del siglo XII como capital del Señorío Episcopal ubicándose en la vía natural suroeste-noreste recorrida por el río Henares. Parece quedar clara la importancia de este núcleo y su territorio en relación con la explotación de la sal desde época protohistórica y en época romana (MORÈRE, 1991), y más aún si cabe desde el momento de la conquista castellana y a lo largo de toda la Baja Edad Media y la Edad Moderna, como se deduce del examen de la documentación conservada en los archivos de Sigüenza (DONDERIS, 2008). La Colección diplomática que presentó hace ya un siglo Toribio Minguella recoge un gran volumen de documentación en el que las referencias a las salinas en la comarca de Sigüenza y Atienza y los impuestos y conflictos que generan son constantes entre los siglos XII al XIII (MINGUELLA, 1910:345-651). No obstante, queda la duda respecto a la época altomedieval, es decir, aquella comprendida entre la desintegración del sistema político y económico de Roma y el cambio de milenio, lo que en nuestro caso concreto se traduce en un período cronológico que abarca desde el siglo IV hasta el siglo XII aproximadamente. El vacío sobre este período es lo que hemos tratado de completar con nuestro estudio.

LOS RESULTADOS DE LA PROSPECCIÓN

Los primeros resultados del análisis territorial basado fundamentalmente en la prospección arqueológica ya han sido presentados (MALPICA et al., 2008; MALPICA y GARCÍA-CONTRERAS, En prensa). En lo que respecta a la época andalusí que ahora nos interesa, apenas si se conocían asentamientos en esta zona, salvo algunos castillos y torres, que pudieran datar de estos momentos, como los de Atienza, Riba de Santiuste. En otros casos, se daban como altomedievales algunos lugares que por el trabajo de campo hemos descartado como tales y precisado su cronología en fechas posteriores, como es el caso de la Torre de Séñigo. Las prospecciones arqueológicas llevadas a cabo a lo largo del año 2008 han permitido localizar un buen número de estos asentamientos, aproximadamente una veintena, diferentes todos ellos, aunque comparten una serie de rasgos. Estos asentamientos han sido analizados de manera individual, relacionándolos entre sí y con el medio físico en el que se insertan, tratando en todo momento de ponerlos en relación con las aguas saladas y los prados halófilos. De los cuatro tipos de asentamientos que se han distinguido (Fig. 1), son las cuevas y los situados a media ladera los que parecen guardar una relación más estrecha con el recurso salado, mientras que los de altura, que probablemente representan la manifestación material del poder en la región, primero el grupo beréber de los Banu Salim y luego directamente los omeyas, parecen no estar en relación directa con la explotación inmediata de sus recursos, sino más bien con el control del territorio y sobre todo las vías de comunicación, algunas de origen romano (ABASCAL, 1982:60). En cuanto a los asentamientos en el llano, son pocos los datos con los que contamos, ya que ha sido la zona que menor atención ha recibido por nuestra parte, algo que pretendemos solventar en futuras campañas de investigación.
Las citadas prospecciones permitieron recoger un volumen cerámico considerable, aunque se trata de un material muy fragmentado en el que las piezas diagnósticas, esto es, aquellas que presentan rasgos morfológicos suficientes para adscribirlas a tipos y funciones, y por extensión cronologías, son muy escasas. Por ello hemos decidido abordar su estudio desde una óptica que tuviera en cuenta los rasgos tecnológicos, aquellos referentes a las pastas, sus desgrasantes, el tipo de modelado al que se ven sometidos y el acabado de las superficies, con el objetivo de analizar el grado tecnológico de los grupos humanos asentados en el valle del Salado en época altomedieval. Nos encontramos, por tanto, ante una producción cerámica de una alta calidad, con cocciones controladas en la mayor parte de los casos, pastas bastante depuradas, homogeneidad en los colores de las arcillas en prácticamente todo el valle, y una cierta estandarización tipológica. Estamos ante unas condiciones técnicas bastante elevadas, lo que nos alejaría de un modelo de producción campesino fundamentalmente autosuficiente, y nos da indicios de una más que probable circulación de las cerámicas entre unos centros productores algo más especializados y los centros de consumo. No hay que descartar, por tanto, que el intercambio de mercancías se produjese también en el otro sentido, sin que hasta el momento podamos establecer cuales son los centros productivos y que relación guardan con los centros urbanos de mayor tamaño de la región, como son Guadalajara y sobre todo Medinaceli. Este será otro de los aspectos que habremos de tratar en el futuro con mayor detalle, toda vez que la circulación o no de las cerámicas puede estar revelando la circulación a su vez de otros productos, como por ejemplo la sal.
El análisis de los 1113 fragmentos cerámicos a partir de análisis estadísticos nos ha permitido individualizar diez grupos tecnológicos con características similares, sin que hasta el momento sepamos con qué debemos relacionar estas agrupaciones (GARCÍA-CONTRERAS, En prensa-c): ¿centros productores distintos? ¿grupos consumidores diversos? Quedan aún muchos aspectos por afinar en este sentido, y además es necesario ponerlo en relación con lo que ocurre en el resto de la provincia de Guadalajara y, en grado mayor, con todo el sector oriental de la Marca Media. Algunas investigaciones anteriores a la nuestra ya apuntaban como es probable identificar una serie de producciones cerámicas adscritas a los Banu Salim, el grupo beréber que ocupó y dominó estas tierras durante gran parte del periodo andalusí (RETUERCE, 1998; BERMEJO y MUÑOZ, 1996). Será necesario en posteriores investigaciones analizar bajo la misma metodología que hemos propuesto, los conjuntos cerámicos de otros yacimientos de la región que se puedan encontrar entre los fondos de museos arqueológicos o colecciones privadas.
Junto al estudio de las características tecnológicas de la cerámica, no hemos desechado el estudio decorativo y tipológico. (Fig. 2) En este último caso, hemos propuesto un primer catálogo de formas y tipos de la cerámica andalusí en el valle del Salado (GARCÍA-CONTRERAS, En prensa-b), sujeto siempre a revisión debido a la naturaleza de la investigación y la procedencia de las piezas, todas ellas de prospección. Aunque incompleto, ya que muchos grupos no están representados, y falto de más y mejores comparativas con otros conjuntos de al-Andalus, sobre todo con los provenientes de las excavaciones arqueológicas más cercanas, este estudio tipológico nos ha permitido además comenzar a fechar los yacimientos, y establecer unas primeras pautas de evolución del poblamiento. (Fig. 3)
Si bien no conocemos, por no tener datos certeros, lo que ocurre en el período tardorromano y visigodo, sí que podemos asegurar que la mayor parte de los asentamientos localizados en las prospecciones arqueológicas no parecen tener un origen anterior a la segunda mitad del siglo IX y sobre todo al siglo X. Tan sólo en cuatro casos, dos castillos (Baides y Riba de Santiuste) y dos asentamientos en la media ladera (Bujalcayado y Bonilla) hay materiales que nos remitan a fechas anteriores al siglo IX. El cambio en el patrón de poblamiento del siglo X se detecta no sólo por la aparición de los nuevos asentamientos, sino también por el abandono de otros. Es el caso del llano de los Perícales y del cerro de Villacorza, cuyos materiales no permiten fechar más allá de este siglo X. Son, no creemos que por casualidad, dos de los asentamientos situados en las regiones más periféricas del valle del Salado, donde la concentración de salinas es menor, no así la de los prados halófilos.
El abandono de estos centros coincide con el surgimiento y desarrollo, con mayor claridad, de la gran mayoría de los poblados de pequeño y mediano tamaño situados en las medias laderas de los cerros, y en algún caso directamente en el llano: cerrillo de las Monjas, Corrales de El Puente, la Alquería o el Cerro de la Horca. También se observa un repunte en el volumen de cerámicas de estas fechas en otros ocupados con anterioridad, como Bujalcayado o Bonilla. Son precisamente todos estos asentamientos los que se sitúan en las inmediaciones de los grandes conjuntos de salinas. ¿Cabe pensar, por tanto, en una explotación más directa o más intensa a partir del siglo X del recurso salado? Aún es pronto para asegurarlo, pero a la vista de los resultados que tenemos por ahora sí que podemos, al menos, escribirlo como hipótesis.
Estos cambios en el poblamiento podrían guardar relación con los procesos de refortificación que llevan a cabo los omeyas en estas fechas, cuando el Estado de Córdoba pasa a controlar más directamente esta zona fronteriza desplazando del poder a los Banu Salim, y trasladando la capitalidad de la Marca Media de Toledo a Medinaceli en el año 946 (MANZANO, 1991). En este sentido, hay que llamar la atención de cómo es también éste el momento en el que el volumen cerámico es mayor en dos asentamientos de altura, el de Riosalido y el de Villavieja, ambos antiguos castros de la Edad del Hierro ahora reocupados. Ambos, junto con el castillo de Riba de Santiuste, parecen no guardar una relación tan estrecha con el recurso salino, y creemos que deben entenderse conectados con las principales vías de comunicación de la región, heredera del sistema viario romano que ahora parece pervivir.
También somos capaces ya de apuntar algunas cuestiones acerca del aprovechamiento del medio físico (MALPICA y GARCÍA-CONTRERAS, En prensa). La proliferación de asentamientos que hemos detectado se sitúa mayoritariamente en las zonas de media ladera, junto a los cursos hídricos dulces, principalmente manantiales, y próximo también a surgencias salinas con las que parecen guardar una cierta relación. A partir de estos elementos, el espacio aparece estructurado de la siguiente forma (Fig. 4):

— En la media ladera el poblado, en el punto en el que los dos pisos edafológicos, las arcillas y las calizas se encuentran. La zona de media ladera era más óptima para el hábitat, debido a que prácticamente la totalidad de las zonas llanas eran fácilmente inundables con aguas procedentes del subsuelo, a menudo saladas
— En las inmediaciones de los asentamientos las surgencias de agua dulce o del encauzamiento y embalsamiento de las torrenteras. Las fuentes, por lo general, aparecen en el contacto entre los dos niveles litológicos, las arcillas y margas del llano y las calizas y areniscas de las zonas más elevadas. Normalmente hay más de uno por cada yacimiento encontrado
— Por encima del asentamiento se sitúa la zona de monte, con tierras no roturadas pero muy probablemente aprovechadas para la ganadería, en las que es el monte bajo y los encinares son los que dominan el paisaje, al menos en la actualidad
— Inmediatamente por debajo del poblado, en las estribaciones finales de esta parte de la media ladera y en la parte superior del llano se sitúan los espacios de cultivo, que en la actualidad son mayoritariamente cereales sin que podamos conocer aún qué tipo de explotación habría en época andalusí
— En el fondo del valle, más allá de la zona de cultivo, y aprovechando en unos casos el propio curso del río Salado y en otro las lagunas endorreicas, se localizan las modernas salinas en los lugares en los que muy probablemente se explotara el recurso, aunque aún no seamos capaces de dilucidar con claridad de qué modo se hacía.

Este esquema de explotación del medio físico no es único, sino que se imbrica con modelos de aprovechamiento de carácter esencialmente ganadero en lo alto de las sierras y parameras, y con los asentamientos en altura, de carácter más militar. Queda aún mucho que estudiar en este sentido, ya que las cuevas y los lugares en el llano que han revelado una ocupación para el período central andalusí no se ajustan plenamente con este esquema, sin que por el momento podamos apuntar más que vagas reflexiones: ¿corresponden a poblados más antiguos, con esquemas de explotación diferentes, que se mantienen ocupados ahora? ¿responden a poblaciones singulares con actividades específicas, como por ejemplo eremitas, tal y como se ha propuesto para las cuevas? ¿o es un modelo de explotación y asentamiento que se complementa con el anterior, dedicado a actividades específicas a las que no se dedican los otros poblados, tales como vigilancia y control de las zonas en las que se estrecha el valle?
A partir del siglo XI, coincidiendo con el avance de los cristianos, el poblamiento parece que se vuelve a modificar. La no aparición de conjuntos cerámicos claramente fechables en la segunda mitad del siglo XI en muchos de los asentamientos anteriores coincide con la concentración de los mismos en los castillos: Villavieja, Riba de Santiuste y Baides. Tan sólo uno de los asentamientos en media ladera parece que pervive, incluso, hasta bien entrado el siglo XII: el de los Corrales de El Puente, en Valdelcubo, que arroja un volumen de materiales de esta fecha que se podría considerar ya como mudéjar. De nuevo, aunque solo sea a nivel de hipótesis, planteamos una probable concentración de la población en los lugares de altura y en este yacimiento, lo que explicaría sus mayores dimensiones y alguno de los elementos defensivos que se han podido documentar en él.

¿EXPLOTACIÓN DE LA SAL EN ÉPOCA ANDALUSÍ?

Ya mencionábamos anteriormente las dificultades que tenemos para asegurar una explotación de la sal en época andalusí en el valle del Salado, si bien contamos con algunas cuestiones que nos resultan indicativas. Estos indicios son triples. Por un lado, el volumen y distribución del poblamiento que podemos fechar en época andalusí a lo largo del valle y las sierras de alrededor, tal y como acabamos de exponer. La proliferación de centros de pequeño tamaño en relación directa a las regiones más prolíficas en recursos salinos, allí donde precisamente se constata la existencia de salinas o bien donde abundan los prados halófilos, nos hace pensar que en la ubicación de éstos hay una lógica económica, en la que la sal está presente, aunque no sólo. En segundo lugar, la propia infraestructura hidráulica de las salinas que nos aproxima a las prácticas hidráulicas de la agricultura de regadío en la que se basó, en gran medida, el modo de vida campesino de los andalusíes (BARCELÓ et al., 1996). Incluso, algún autor ha querido ver en la técnica de extracción de la salmuera para las salinas un origen en la tradición musulmana (CRUZ, 1989). En tercer lugar, en la documentación cristiana inmediatamente posterior a la conquista se cita la existencia de salinas en los repartimientos que se llevaron a cabo. Valga como ejemplo el siguiente texto:

«…facio cartam donationis sancti Mariae seguntine ecclesie et tibi venerabile ejusdem sedis episcopo domino Bernardo tuisque succesoribus ibi deo canonice servientibus de castro sancti justi cum omnibus suis hereditatibus,et cum illa villa de la Riba cum toto suo directo videlicet cum salinis, portaticis, pratis, turribus, molendinis, montibus, fontibus, exitibus et regressibus, et cum omnibus terminis qui ad illud castellum pertinent jure hereditario pro ut regale jus exigit.» (MINGUELLA, 1910:348)

Se trata de una concesión de Alfonso VII al obispo don Bernardo y al cabildo en 13 de julio de 1124, tan sólo seis meses después de la conquista castellana, y que ofrece la imagen de un territorio bien conformado y estructurado en el que se identifican una serie de elementos, como molinos y fuentes, así como una serie de espacios, como montes y prados, y lo que más nos interesa, se dona el castillo y la villa con sus salinas.
Esta breve cita, y otras similares, si bien hay que tomarlas con cautela ya que estas fórmulas son generales por lo común, pueden indicarnos que el recurso salino ya debía ser explotado con anterioridad, pues no parece posible que toda la infraestructura necesaria para su explotación, y por consiguiente, para su identificación como uno de los elementos dignos de mención en la concesión real, se realizara en los escasos seis meses que transcurren desde la conquista, tal y como se menciona en el primero de los textos. Aunque sean tan sólo sugerencias, creemos que deben ser tenidas en cuenta a la hora de considerar la explotación de sal por parte de los andalusíes en los momentos previos a la conquista castellana.
El estudio directo de los centros salineros de la comarca con una metodología arqueológica está aún por hacer, aunque su descripción más o menos minuciosa, atendiendo sobre todo a los vestigios de su arquitectura industrial, ha sido abordado por distintos investigadores (TRALLERO et al., 2003). No obstante, un simple examen a los centros productivos nos revela una cierta evolución que es posible distinguir en su distribución. En las salinas de Imón, el mayor centro de toda la región, hay aproximadamente unas mil albercas, varios recocederos y cinco norias para la extracción del agua salada desde la capa freática. Las salinas están divididas por el clásico método de partidos, en los que cada uno de ellos recibe un nombre diferente. En la actualidad, entre los nombres que se pueden rastrear, algunos dos llaman la atención por su nombre y por su ubicación: «Las torres», que forma un conjunto de noria y recocederos prácticamente independiente, situado más al norte del resto del conjunto, y con su propio canal para el abastecimiento y recogida del agua salada que forma parte del reguero madre; y el partido de «La alcalá» situado en una posición central del conjunto de albercas, a modo de centro sobre el cual se ha generado todo el conjunto (TRALLERO et al., 2003:47-122). Al igual que ocurre en Imón, en las salinas más grande de la región seguntina también se rastrea, aún de manera muy superficial, la existencia de un conjunto complejo y con distintas fases de evolución. Nos referimos a La Olmeda. En su entorno no sólo los prados halófilos son extremadamente abundantes, sino que además, junto a otra salinas aún en pie como las de Bujalcayado o las de Carabias, se detectan albercas y canales de lo que debieron ser otros centros productivos, quedando en algún caso los restos arquitectónicos de norias para la extracción del agua salada diseminadas por la zona sin relación, en el presente, con ninguna alberca. Son datos indicativos de que una evolución de los centros productivos, aunque aún no seamos capaces de proponer fechas a todo ello. (Fig. 5)
Dejando a un lado todos estos indicadores de carácter más indirecto acerca de una posible explotación de la sal en época andalusí, quizás sea la relación del poblamiento con los centros salineros lo que mejores resultados pueda arrojar, tal y como ya se ha expuesto para el valle del Salado. En otras zonas de la provincia de Guadalajara también se ha propuesto una asociación entre los yacimientos andalusíes localizados y la producción de sal. Así lo indica Lauro Olmo, quien señala que en el señorío de Molina, y concretamente en el valle del río Bullones se sitúa una zona de salinas ya activa en la producción de sal desde el siglo XII, tal y como refleja la documentación escrita, pero con asentamientos fechados en época califal —El Castillo, Fuente Jimena (Tezaga), El Castillejo—, y claramente relacionados con estas salinas, a lo que hay que añadir algunos de los topónimos cristianos como es el caso de Almalla, que deriva de la palabra árabe al Mallah = la salina, y que denotan su origen islámico (OLMO, 2002:483). Más cerca aún de nuestra zona de estudio hayamos uno de los pocos asentamientos andalusíes excavados con método arqueológico en fechas recientes. Se trata de la cueva de los Casares, en Riba de Saélices (GARCÍA-SOTO y FERRERO, 2002, GARCÍA-SOTO, FERRERO y GUILLÉN, 2007). Queda algo más al sur de nuestro territorio, en el valle del río Linares que transcurre por la Sierra del Ducado, limite entre las altiplanicies de la Alta Alcarria, en la Meseta, y las del Señorío de Molina de Aragón, en el Sistema Ibérico. Esta cueva y su poblado asociado de época altomedieval incluyendo la torre de la cima, se inserta en otra de las regiones salineras de la provincia de Guadalajara, la de Saélices de la Sal. Aunque entre el centro salinero en sí y el yacimiento existe una distancia considerable, superior a los 4 km, lo que dificulta establecer una relación directa entre el asentamiento y la zona productiva. No obstante, es probable que nos encontremos ante otro caso de poblado asociado al hábitat rupestre en una clara relación con los recursos ganaderos transhumantes, y por tanto, también al recurso salino aunque queda algo alejado, siendo el mismo proceso que se detecta en varios de los asentamientos que localizamos en el valle del Salado y que describimos en otra parte de nuestro trabajo.

CONCLUSIONES

Ya hemos visto como los asentamientos de época altomedieval localizados en el valle se localizan, fundamentalmente, en el entorno más inmediato de las zonas salinas y por lo general a una cierta altura en la media ladera de los cerros y sierras. Los asentamientos en altura, no obstante, quedan fuera de esta relación tan inmediata, e incluso en el caso de la Riba de Santiuste, el castillo que parece los cristianos en el momento de la conquista consideraron como centro rector desde un punto administrativo de las salinas, se sitúa en un espacio en el que este tipo de centros no es abundante en absoluto.
Encontrándonos en un estado inicial de la investigación, únicamente podemos esbozar algunas cuestiones que deben quedarse a modo de hipótesis sobre las que trabajar en un futuro. La abundante presencia de explotaciones salineras y prados halófilos aparece relacionada con los asentamientos hallados, sin que podamos determinar con certeza ni la cronología de los segundos, ni el grado exacto de relación, aunque parece evidente que debió haber algún tipo de explotación. Queda la duda de si este aprovechamiento fue directo, con la explotación o incluso producción del recurso salino para su posterior consumo y comercialización, o si debemos pensar en un uso de carácter algo más indirecto y vinculado a la explotación ganadera. Lo que sí parece claro es que son los centros situados en el llano (Llano de El Perical y La Alquería) o en la media ladera (Corrales de El Puente, Cerro de Villacorza, La Asomadilla, Cerrillo de las Monjas, Bujalcayado y Bonilla) aquellos identificados como alquerías o aldeas, los que debieron explotar las salinas, a la vez que debieron explotar agrícolamente las tierras, a partir de las numerosas fuentes y arroyos de agua dulce, ya que en todos los casos examinados son abundante este tipo de recurso en el entorno de los asentamientos. En lo que respecta a los asentamientos en altura (Riba de Santiuste, Riosalido, Villavieja), no están tan claramente relacionados con este recurso, sino que, junto al control visual entre sí y de la práctica totalidad del valle, parecen estar dominando las vías de comunicación y los pasos por el valle.
Insistimos en que estamos aún en una fase muy inicial de un proyecto de estudio que necesariamente debe continuar, siendo muchos y muy variados los caminos que recorrer. Somos conscientes de que todos los datos expuestos deben ser tomados con cautela, ya que ni mucho menos es una investigación cerrada, quedando mucho por hacer. Junto a un más exhaustivo estudio de la cerámica, y sobre todo a partir de las comparaciones y analogías con conjuntos excavados estratigráficamente que den mayor fiabilidad a la cronología, el estudio microespacial de las salinas se revela como indispensable, toda vez que se detecta en su configuración la existencia de agrupaciones de centros menores en unos casos, y de la segregación y abandono de partes de ellos en otros. Finalmente, las prospecciones deben continuar con el objetivo de afianzar aún más la visión que tenemos del poblamiento, especialmente en el llano en donde se ha trabajado menos. No descartamos encontrar más asentamientos que apuntalen, o cambien radicalmente, los planteamientos aquí expuestos, como tampoco descartamos la posibilidad de intervenir mediante excavación arqueológica en alguno de ellos.

FIGURAS

Fig. 1 Plano de situación de los asentamientos andalusíes y su relación con las explotaciones salineras. Extraído de MALPICA y GARCÍA-CONTRERAS, En prensa.

Fig. 2 Tipos cerámicos más representados. A la izquierda marmita de forma globular con escotadura en el cuello; y a la derecha jarro caracterizado por un borde con moldura triangular y base convexa.

Fig. 3 Cronologías obtenidas en el estudio cerámico comparando las formas con el estudio de RETUERCE, 1998.

Fig. 4 Propuesta de aprovechamiento del medio por los asentamientos andalusíes situados a media ladera. Modificado a partir de VÁZQUEZ, 1991.

Fig. 5 Salinas de Imón en el mes de septiembre.

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